Por Carlos Chavarría

El sistema actual de gobierno (federal, estatal, y municipal) ya no da más. Operamos bajo un sistema presidencialista de origen electoral  donde el que gana, gana todo, y el que pierde, pierde todo. En el actual sistema esperamos que los otros dos poderes, legislativo y judicial, actúen como contrapesos del poder presidencial, lo que nos deja en manos de la “buena voluntad” de uno y otros para no hundir al país o llevarlo por rumbos de minorías.

Si acaso pretendemos seguir por el camino de multipartidos para acceder al poder, lo que en realidad estaremos operando son gobiernos de minorías que no dejan sino un residuo de inconformidades mayúsculo habida cuenta de que la atomización de la democracia no permite armar un gobierno estable e incluso puede causar bandazos políticos destructivos o la parálisis de la evolución, como ocurrió cuando Fox ganó la presidencia.

Los países que han optado por multipartidos también han incorporado la obligación, para esos mismos partidos, de armar gobiernos de coalición mediante la negociación y las proporciones electorales, para detentar las carteras y asuntos de la agenda de gobierno.

Ahora que somos testigos de la manera de ejercer el poder del actual presidente, es claro que las tensiones políticas han aumentado a niveles que no son manejables.

Aunque a muchos les pasó desapercibido, entre las reformas de la pasada administración se modificó la Constitución para posibiltar los gobiernos de coalición. Existen además otras opciones aún no incorporadas.

Los  politícos mexicanos, que adoran el poder absoluto, siempre han evitado el entrar a debatir el cambiar nuestro método de gobierno separando las figuras de jefe de Estado y jefe de Gobierno, siendo este último electo por medio del parlamentarismo, también muy apropiado para un sistema multipartidos, mientras que el jefe de Estado se somete a elección abierta hacia la población.

Hoy que de nueva cuenta se están aceptando o rechazando el registro de nuevos o renovados partidos políticos y viendo la reacción del presidente y todos los involucrados, tenemos una evidencia muy clara de que esto ya no funciona.

Ya no se trata de más o menos partidos, sino de la manera en que se fijan y aplican las políticas de Estado y las de la administración para no tener que reinventar al país al gusto de cada nuevo presidente o partido. Como tampoco se trata de estar manteniendo más y más personajes metidos, en lo que todo apunta para ser un nuevo negocio, el recibir prerrogativas  electorales sin que importe para nada la gobernanza y sus instituciones, así como  el decoro mínimo indispensable para mantener el respeto hacia la figura a quien le encomendamos el liderazgo del país.

Cada seis  o tres años volvemos a entrar en los mismos frentes ideológicos que fueron resueltos desde la Constitución del 17, pero que al gusto de las minorías que nos gobiernan pareciera que no están cerrados. Mientras el mundo avanza y se desarrolla, nosotros estamos atorados en las mismas cuestiones que ya deberían haber sido aceptadas por el régimen y la sociedad para concentrarnos en resolver los problemas viendo hacia el futuro.

¿Ahora vamos a perder el tiempo y energía para ver si a Felipe  Calderón y a su señora les hicieron chanchullo con su intentona de partido político, cuando tenemos en marcha un tratado comercial con la economía más poderosa del orbe (que ya lo quisieran muchos países) del que dependen el 85% de nuestras exportaciones y seguimos con discusiones de minorías acerca de aliarnos con Venezuela y Cuba?. Me parece una lamentable y muy riesgosa pérdida de tiempo.

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