Por Eloy Garza González

En 2007 entrevisté al controvertido político colombiano Álvaro Uribe Vélez. El entonces Presidente de su país ya estaba señalado por la opinión pública como artífice de ataques paramilitares contra la guerrilla colombiana. Hoy, Uribe enfrenta un proceso penal y está a un paso de ser sentenciado a varios años de cárcel.

¿Mi opinión sobre Uribe? Un tipo que no se las da de amable, que es extremadamente inteligente y guarda una historia familiar que lo llevó a pretender exterminar a los asesinos de su padre.

Cuando le pregunté a Uribe Vélez qué epitafio quería para su tumba no dudó en responderme: “nunca se rajó”. Esa impresión me dio: la de un hombre entrón, que no se acobarda y que durante su mandato presidencial (de 2002 a 2010) intentó no sólo mantener a raya a las FARC sino desaparecerlas de la faz de la tierra.

El incidente ocurrió el 14 de junio de 1983. El aún joven Álvaro Uribe (tenía 30 años) acababa de ser obligado a renunciar a la alcaldía de Medellín, por supuestos nexos con el narcotráfico.

El incidente que cambió la vida del ex Presidente Uribe ocurrió a las 18 horas. El padre de Álvaro Uribe llegó a su finca, al nordeste de Antioquia, para supervisar los cultivos y sus cuadrillas de caballos. Alberto Uribe Sierra descendió de su helicóptero junto con sus hijos María Isabel y Santiago.

En pocos minutos apareció una docena de guerrilleros de las FARC. Su intención era secuestrar al papá de Uribe. Pero el ganadero cincuentón, buen jinete, rejoneador, dueño en Antioquia de 15 fincas, se negó a ser rehén. Saco su pistola Walther y comenzó a disparar a los agresores. Mató a cinco.


Santiago, hermano de Álvaro, fue herido en un pulmón. Huyó nadando por el río. La hermana, María Isabel, alcanzó a esconderse en un ropero.

“¿En la hacienda había paramilitares?”, le pregunté a Uribe. Me respondió tajante que no. Si eso es verdad, no estaban en el momento del asalto. El padre de Álvaro Uribe murió desangrado.

Horas después, aparecieron las fuerzas armadas. En un vehículo militar se llevaron a salvo a María Isabel. Según las malas lenguas, Pablo Escobar, el célebre narcotraficante, puso a disposición de Santiago otro helicóptero que, finalmente, no se usó: el herido fue trasladado en ambulancia.

Acaso a esas mismas horas se fue gestando en la cabeza del futuro Presidente Uribe, el programa contra los grupos terroristas que sostuvo a lo largo de su gestión presidencial con los llamados grupos paramilitares, los escuadrones de la muerte que hicieron el trabajo sucio de limpiar a Colombia de las FARC, para no desprestigiar a las Fuerzas Armadas en operaciones de contrainsurgencia.

Según me dijo Uribe, durante su mandato el Estado se enfrentó a los grupos armados más criminales, más terroristas del mundo, que metieron a su padre dos balazos en la frente y en el pecho.

La tesis contra las FARC es discutible, pero lo cierto es que a Uribe no le bastaron sus dos mandatos presidenciales, que abarcaron del año 2002 al 2010, para acabar con sus enemigos. Aunque nunca se rajó, al hijo del terrateniente le faltó tiempo para cumplir su venganza. Ahora es casi seguro que termine su vida en una cárcel.

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