Por Waldo Fernández

Existe un sector de la población que utiliza las redes sociales para criticar cualquier cosa que haga el Presidente López Obrador y al mismo tiempo para señalar de manera despectiva a quienes lo apoyan como incultos, ignorantes, peje zombies, chairos etc, etc…

Estas personas se niegan a ver la realidad que la mayoría de las encuestas han documentado y en las cuales hasta el momento se muestra un apoyo mayoritario del pueblo de México hacia la gestión y el trabajo del presidente. 

En esa cerrazón los críticos del Presidente han recurrido al absurdo de relacionarse o impulsar a personajes políticos del antiguo régimen que por décadas han sido enemigos de López Obrador. 

No entienden que fueron las acciones de algunos, quizás la mayoría, de los integrantes del antiguo régimen las que lastimaron a tal grando al pueblo de México que lo hicieron sentirse humillado. 

Y fue esa humillación, ese sentimiento de revancha, de descontento con los políticos y los partidos que tuvieron el poder y los usaron para su propio beneficio y sus intereses de grupo o de partido lo que provocó ese tsunami antisistema que dio pie al triunfo arrollador de López Obrador. 

Quienes hoy alzan críticas en contra del Presidente tienen todo el derecho a hacerlo, pero a lo que no tienen derecho es a menospreciar el sentimiento de empatía que despierta en sus seguidores López Obrador. 

No tienen derecho, por ejemplo, a reclamarle nada a la empleada doméstica a la que llamaron gata y a la cual este gobierno por primera vez en décadas le ofrece la posibilidad de tener seguridad social o servicio médico.  

No tienen derecho tampoco a reclamarle nada al obrero al que le dijeron naco, y que también en este gobierno por primera vez en décadas tuvo un aumento de sueldo porque el salario mínimo aumentó. 

Mucho menos tienen derecho a reclamarle nada al vendedor ambulante al que algún policía, municipal o estatal, por orden de algún superior, le quitó su mercancía… o al taquero que para poder vender tiene que pagarle a algún inspector derecho de piso.  

Todos esos, y muchos más usos y costumbres, heredados de un régimen y un sistema que por décadas ninguneó a Juan Pueblo, como está minoría lo hace ahora en redes sociales, hasta el límite de la humillación. 

Lo que esos grupos que tanto critican al Presidente deberían preguntarse es por qué el inquilino de Palacio Nacional despierta tanta empatía entre la mayoría de sus gobernados. 

Quizás entonces empiecen a darse cuenta que lo que falla en su lectura de la realidad del país es que aunque les duela con López Obrador Juan Pueblo se siente escuchado y representado. 

Que los dimes y diretes, las revanchas y los desplantes del Presidente contra sus adversarios son eco de los sentimientos que Juan Pueblo guarda contra una clase política y una régimen que por décadas lo humilló. 

A todos los que por décadas padecieron esos agravios es imposible pedirles ahora cordura o capacidad de análisis porque para empezar quienes hacen esa petición ahora tampoco la tuvieron antes.   

Peor aún pretenden EL ABSURDO que la gente le dé la espalda a quien siente los mismo agravios que ellos para volver a los brazos de quien los humilló.  

La reflexión final de este comentario editorial es que este México lleno de diferencias, marginaciones, odios, rencores es un México producto de una clase política que mientras más alegaba hacer las cosas por el pueblo, en realidad más se alejaba de él. 

Esta humillación profunda que llevó décadas es una herida profunda para nuestro país. Hay que entender que no solamente fue culpa de esa élite política, muchos en nuestro léxico, en nuestra conducta o manera de ser descalificamos a los que menos tienen.

Por ejemplo, cuando criticamos que puedan emitir un voto o que el suyo tenga el mismo valor que el nuestro porque nos llamamos a nosotros mismos “educados”. 

Lo que no entendemos es que una cosa es la educación técnica y otra la educación de buena fe, de buenas personas que damos en casa. Cada que hacemos una crítica de ese tipo mostramos lo peor que sigue vivo en nuestra sociedad. 

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