Por Félix Cortés Camarillo

Siempre he sostenido que el presidente López puede tener muchos defectos, menos el de tonto. Es el más hábil demagogo que yo he tenido oportunidad de observar en México.

Y eso que he visto a muchos. Luis Echeverría que nos engañó con aquello de nunca decirnos qué tan alto era arriba y qué tan lejos era adelante o José López Portillo, lacrimoso, prometiendo defender al peso como un perro o pidiéndole perdón a los pobres no le llegan ni a los talones al señor de la cuarta simulación.

En una jugada digna de cualquier campeón mundial de ajedrez, Andrés Manuel le volteó la jugada a un enclenque movimiento en su contra que anda montando tiendas de campaña en el zócalo para exigirle que renuncie: les prestó la mitad de la plaza mayor de su propiedad momentánea para que se pongan a esperar el absurdo momento de su renuncia o el fársico ejercicio del plebiscito que el presidente llama “la revocación de mandato”, que está destinado a ser una ratificación masiva de su autoridad.

No hay quien discuta que en México hay una crispación y un desencanto generalizados que se reflejan en el descenso de la popularidad del presidente en las encuestas de opinión. No obstante, la renuncia del presidente ni está contemplada en la legislación vigente ni figura en los planes inmediatos ni a plazo largo o mediano del señor López Obrador.

De esta suerte, veremos para cuánto tiempo les dura a los dirigentes de Frenaa -que así se hace llamar el movimiento- el entusiasmo y los recursos económicos, que por otra parte no ha sido de ninguna manera legitimado su procedencia legal, hasta que discretamente se retiren de uno por uno.

Tan es inteligente la estrategia de López Obrador que se permite recomendarle a sus opositores que se agrupen, que se organicen, que integren a su movimiento otros grupos y partidos opositores para que le puedan hacer frente con más organización, respaldo ciudadano y eventualmente más dinero.

Sobre todo, más inteligencia.

La sabiduría popular mexicana usa la frase de voltear el chirrión -que es un látigo, por el palito, que es su mango-, cuando se da la situación de que una ofensiva es transformada por la presunta víctima en contra del originador. Eso es exactamente lo que acaba de hacer, inteligentemente, el presidente López.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿dónde está el pío hermano Pío?

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