Por José Jaime Ruiz

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@ruizjosejaime

El Movimiento Regeneración Nacional, Morena, no es sólo un partido político, es la Secretaría Electoral de la Presidencia de la República, a la manera del PRI histórico. El presidente Andrés Manuel López Obrador manda en Morena, no Alfonso Ramírez Cuéllar. Ser dirigente del movimiento no da, en automático, ser el gran elector para las candidaturas de 2021 ni 2024. Esa es una “prerrogativa” que se adjudica Andrés Manuel.

Durante mucho tiempo el país fue bipartidista, hasta que irrumpió la izquierda en 1988 y la multiplicación de los partidos pequeños que, en las votaciones, sólo alcanzaban para mantener sus registros. La partidocracia mantuvo al sistema político mexicano en base a la corrupción, las prebendas, la connivencia. Así hubo presidencias de la República priistas y panistas.

Con Enrique Peña Nieto se destruyeron las “oposiciones” y el Pacto por México coronó un metagobierno más acá del Legislativo y el Judicial: los ladrones se pusieron de acuerdo. La oposición se difuminó y sólo se mantuvo en su postura opositora López Obrador, por eso decidió crear su movimiento que se convirtió en Morena. No hubo distinción entre PRI, PAN, PRD, PVEM, juntos y revueltos, dominaron el régimen en su decadencia.

En 2018 la partidocracia reventó y se reinventa ahora, de nuevo, el modelo de partido hegemónico, como lo visualizó Octavio Paz al reflexionar sobre el PRI, “precisando” esa dictadura perfecta mencionada por Mario Vargas Llosa. Morena se convertirá en ese partido hegemónico, herencia histórica del PRI, en 2021 porque la pulverización de los otros partidos no se imantará en una alianza TUCOM: Todos Unidos Contra Morena.

Reducir la contienda dentro del partido a Mario Delgado (Marcelo Ebrard) y Porfirio Muñoz Ledo (Claudia Sheinbaum) es deducir mal. La sucesión de Andrés Manuel López Obrador no se juega dentro de la sucesión de Morena. Lo que vemos es la reinstauración de la Presidencia Imperial que somete a los demás poderes, una presidencia que se deslinda del neoliberalismo y que, como poder político, ya no está sometida al poder económico. La sucesión presidencial no se juega en las internas de Morena, la agenda del presidente es otra. Parafraseando a Giavanni Sartori, a AMLO le interesa la casa (4T): “los muebles y los acabados tendrán que esperar a que esté terminada” (Ingeniería Constitucional Comparada, FCE, 2001).