Por Félix Cortés Camarillo

Cuando vayas a Madrid, chulona mía

Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés,

Alfombrarte con claveles la Gran Vía

Y a bañarte con vinillo de Jerez.

A. Lara

La primera vez que fui a Madrid me lancé a descubrir sus calles desde el Paseo del Prado rumbo a la Puerta del Sol a golpe de calcetín por el corredor de San Jerónimo. De pronto me tropecé con lo que iba a ser -es- el primer sitio que visito cada vez que voy a la capital española: la calle de la Victoria.

No es gran cosa; mide acaso cien metros y es estrecha, bajando rumbo al corazón madrileño. Pero tiene, a puerta seguida, la mayor cantidad de bares pequeños y medianos que uno puede imaginar, que deben haber estado ahí por siglos y que brindan la mayor variedad de tapas deliciosas de la cocina española.

Ahí comienza mi itinerario, zigzagueando de un lado a otro de la calle, cuesta abajo, y tomando un chato de vino tinto de Valdepeñas en cada lugar para recibir lo que nosotros llamamos botana. Aquí de camarones, allá de aceitunas, ora de tortilla de patatas, luego de calamar a la romana, morcilla, boquerones, chorizo, queso cabralés, arenque, huevos de codorniz, jamón jabugo y todo lo demás imaginable de la cocina española.

Creo que nunca he podido terminar el recorrido de la calle Victoria hasta su esquina final, en donde está un enorme bar que presume con justicia el nombre de Museo del Jamón, con sus docenas de piernas ahumadas de cerdo colgando de su techo.

Pues hoy, me dicen, las puertas de esos amables changarros están cerradas por la pandemia. Como lo están bares y restaurantes de Bruselas, París, Berlín o Milán. España está a un tris de decretar el estado de alerta; por el momento los bares y restaurantes tienen cerradas sus puertas desde las doce de la noche a las seis de la mañana, pero la amenaza es un toque de queda radical. Pero no es la disposición oficial la que está matando la vida social de Europa, como la está matando en nuestro país.

Es nuestro propio miedo el que nos impide irnos de juerga por la calle de Victoria a disfrutar el calor que tienen las verbenas y tantas cosas buenas que soñamos desde aquí. La pandemia ha llegado a nuestras vidas para quedarse y para remodelarlas. El cubrebocas ya se integró a nuestra como se eliminó el abrazo estruendoso con el que recibíamos a los amigos o el beso coqueto que nos daban nuestras amigas a modo de saludo afectuoso.

Ni modo: no creo que los miembros de mi generación volvamos a saber lo que es canela fina ni armar la tremolina, aunque podamos volver a ir a Madrid. Hemos entrado a una nueva etapa de nuestra existencia.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿sería posible que los integrantes de su gobierno -comenzando por Usted- nos digan la verdad sobre lo bien, mal o regular que nos está yendo a los mexicanos con esto del Coronavid?

‎felixcortescama@gmail.com