Por Félix Cortés Camarillo

El presunto delfín del presidente López, don Marcelo Ebrard, ha presumido como un gran éxito de su desempeño como canciller el acuerdo alcanzado con el gobierno de los Estados Unidos para la administración de las aguas que ambos países tienen que compartir por su vecindad inevitable.

Casualmente nos enteramos ayer que el acuerdo de 1929, ratificado en 1944, obliga a los norteamericanos a entregar cuatro litros por uno de lo que México tiene que aportar. Yo no sé si eso sea justo o no, pero la realidad es asombrosa.

El tema del agua es de vida. Por cuestión orográfica, en nuestra parte del continente los ríos corren de norte a sur. Así, el Colorado baja desde allá a desembocar en la cuenca californiana a desaguar en el mar de Cortés, y el Grande -que nosotros llamamos Bravo- entra en Paso del Norte para formar luego frontera natural entre Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas y nuestros vecinos.

Texas y los estados norteños nuestros son áridos y de escasas lluvias. Sus regiones que dedican sus afanes a la agricultura tienen poco agua para sus riegos. Texas y Arizona, con mejor tecnología que han desarrollado, tienen mejores recursos acuíferos.

La reciente pugna por el bloqueo de una presa en Chihuahua devino -como suele suceder- en un problema político entre los caprichosos gobernador de Chihuahua y el presidente de la república, en lugar de formalizarse como un problema vital. Lo mismo está pasando ahora con el acuerdo para repartirse el agua norteña. No llegaremos, como dijo el presidente López, a un conflicto.

A cambio de eso sufrimos una humillación en el convenio. Entregaremos a los norteamericanos el agua que requieran. En el caso de que la sequía y la escasez dejara sin agua para beber a las poblaciones que van de Ciudad Juárez a Matamoros, el gobierno de Trump abrirá su generoso grifo.

Pudo haber sido mejor un manejo inteligente de la política hídrica.

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