Se fue uno de los grandes formadores de muchachos de Monterrey. Entró al salón de la Fama, por ser uno de los coaches que más equipos de todas las categorías coronó como campeones. Está entre los inmortales por que empezó entrenando niños a los 18 años y terminó con universitarios a los 28, siendo, en ese momento, el head coach más joven de la liga. Encausó el esfuerzo de cientos de jóvenes de la Universidad Regiomontana, en aquellos años una institución educativa modesta y, asombró a propios y extraños al derrotar tres años consecutivos en la Liga Mayor B (ONEFA) a los poderosos Borregos de Tec. y a los temidos Tigres de UANL. Ese, era Wicho Cerda, un formador de hombres con férrea voluntad y sólidos valores humanos. 

Fue un entrenador respetado. Tuvo un insospechado don de mando, que le permitió nunca insultar a ningún muchacho indisciplinado y, al mismo tiempo, hacerlo sentirse mal por que le estaba fallando a todo el equipo. El honor, la dignidad, el orgullo y el sentido de pertenencia nunca fueron divisa a negociar. 

El jersey se llevaba fundido con la piel o no se era digno de estar dentro del equipo. Nos deja un ejemplo de trabajo, de constancia, de perseverancia y de honorabilidad, que encuentra explicación en su axioma de vida: “Se puede vivir con carencias, pero nunca sin honor”.

Predicaba a sus muchachos que no hay deshonra en la derrota, cuando se ha luchado con entereza y coraje; ni hay honor en la victoria cuando se carece de recato frente al vencido. Por ello, siempre les demandó nunca humillar al derrotado, pero también, jamás dejarse humillar. El atropello y la claudicación jamás desembocan en el reconocimiento. Mofarse del sometido, advertía, es una felonía antideportiva; una vileza inadmisible en un juego de suyo repleto de nobleza y pundonor. El emparrillado siempre debe ser la casa del decoro. 

En el futbol americano, enunciaba un viejo estadista, encontramos la más perfecta armonización que del tiempo y el espacio ha creada la inteligencia humana. Para acreditarlo sólo hay que sobrevivir los últimos dos minutos de una final. 

Vivió siempre pensando que el futbol no era sólo el más majestuoso de los deportes, sino que, en los hechos, era un estilo de vida; una forma peculiar de ver y descifrar el orden del mundo. Es una vehemente pasión que se vive intensamente solo unos pocos años, y que misteriosamente, con dejos de nostalgia, se añora todo el resto de la existencia de cada jugador. 

Enseñó a sus muchachos que el futbol americano alecciona que solo con la unidad, aquella que nos aleja del individualismo, se puede aspirar al meritorio triunfo del esfuerzo común. El “Yo” egoísta, se revoca por el “Nosotros” todos; el desapego a esta máxima da inicio a la decadencia. Al inicio de cada temporada acotaba con insistencia, “no aspiremos obsesivamente a ser los campeones, empeñémonos solo en ser los mejores”.

Invariablemente, antes de cada juego pedía a los jugadores poner una rodilla en tierra para orar. Siempre puntualizaba: “así, arrodillados como están, ustedes, son más grandes que los jóvenes que enfrentaran hoy”.

El día de su sepelio un joven ex jugador de Jaguares me dijo: ¿sabe usted?, venía pensando que eventualmente saldremos de la crisis económica que nos acarreó la pandemia de Covid 19. Pero, ¡caray!, pienso que con la muerte del Coach Wicho, ahora sí somos realmente pobres. Toda forma de orfandad engendra carencias. 

¡Miente la muerte cuando piensa que se ha llevado a Wicho! Es, de esos o ungidos que deben morir dos veces; al finalizar su ciclo vital, y después, relegándolo al olvido, y esto último, jamás lo conseguirá. A Wicho, lo escogí como hermano, por la misma razón por la que mis padres lo escogieron como hijo.

Seguro estoy que Dios, hoy lo tiene sentado en su regazo. 

¡Que viva mi hermano siempre! 

R. C.