Por Félix Cortés Camarillo

De lo único que podemos estar ciertos cuando esto escribo es que todavía no hay presidente electo de los Estados Unidos. Estaban ayer por la tarde cinco estados con una diferencia mínima entre el presidente Trump y el vicepresidente Biden. Tan mínima como sigue: en Georgia la ventaja de Trump sobre Biden era de dos décimas de punto porcentual; por un uno por ciento Biden superaba a Trump en Nevada. En Carolina del Norte la ventaja del pelipintado era de 1.4%, mientras en Pennsylvania era de 1.8%. En Arizona Biden superaba a Trump por 2.4 por ciento, lo cual se estimaba que ya era pan comido para el demócrata. Las otras plazas mostraban una diferencia equivalente, decíamos de niños, a un pelo de rana.

Si con estos estrechos números Biden se muestra optimista de que al final ganará la presidencia y Trump está tan fuera de sí que ya está descalificando todo el proceso e iniciando procedimientos judiciales para que se vuelva a contar voto por voto y casilla por casilla en los estados que pierde debe haber motivaciones ocultas.

 Las hay. En Pennsylvania, por ejemplo, todavía hoy falta de contar varios cientos de miles de boletas; en otros estados la ley local permite que sigan llegando votos por correo. Lo cierto es que le arrea todavía para tener presidente.

Este juego se ha convertido en las ligas mayores de la política, con técnica de la primera división de futbol. Si Trump gana Pennsylvania, Carolina del Norte y Georgia, todavía no le alcanzan los puntos para la copa; si Biden consolida Arizona y Nevada llega al número mágico de 270 votos electorales y gana. Si Biden pierde uno de estos estados y gana Georgia, Trump se puede reelegir; es el juego de la especulación futbolística.

Por eso el presidente Trump ha escogido el camino judicial. Desconocerá resultados, acusará de fraude, pedirá recuentos y al perder estas instancias llevará el caso a la Suprema Corte. Confiado en que con su última nominación de Amy Coney Barrett, una seguidora suya, inclinaría la balanza de nueve votos en su favor. También en los Estados Unidos se puede corromper a la autoridad.

En todo caso, los procedimientos de Trump lograrán retrasar la finalización de este singular proceso. Habría que recordar que en el chanchullo que le hicieron los hermanos Bush -uno de ellos gobernador de Florida- al candidato demócrata Al Gore en el año dos mil, precisamente con los votos de Florida.

Los norteamericanos tuvieron que esperar 35 días para saber que Bush sería el presidente.

Ya que estamos por decreto en un país beisbolero, recordemos la frase del cátcher Yogi Berra: esto no se acaba hasta que se acaba.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ahora que su hermano Pío dice que no lo pueden procesar porque sus delitos ya prescribieron ¿qué va a hacer con su familia?

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