Por Félix Cortés Camarillo

No se requiere ser un docto y veterano conocedor de la ciencia política para entender que Morena está a siglos luz de ser un partido político o cosa que se le parezca. No tiene un estatuto sólido, un programa definido, una ideología defendible ni una estructura que le permita operar actividades de política elemental.

Morena no es más que un refugio de renegados de otros partidos en torno a un líder carismático que consiguió la presidencia de la república mexicana merced a dos haches: el hastío y el hartazgo de los votantes mexicanos ante la larga experiencia de políticos del mismo corte que, independientemente del calificativo que merezcan, se tradujeron en sucesivos gobiernos basados en la injusticia social y la carencia de instituciones democráticas.

Los esfuerzos de Daniel Cosío Villegas no fueron más allá de un reparto menos equitativo de las posiciones del poder, la admisión de nuevos jugadores al, literalmente, juego electoral, y el ulterior surgimiento de lo que hoy llamamos INE, costoso elefante que organiza, conduce, vigila y arbitra los procesos electorales en este país. Cojo, tuero o como sea, es la institución democrática más importante que hemos logrado hacer los mexicanos en el último medio siglo. Precisamente por eso está en la mira del presidente López para desintegrarlo y centralizar en la Secretaría de Gobernación todos los procesos electorales.

Morena sin Andrés Manuel López Obrador no sería más que un club de enemigos acérrimos que tendrían miedo a virar el cuerpo porque eso sería una certeza de recibir una puñalada en las espalda.

Pues ese ente, ese movimiento, se ha convertido en estos días en la manzana de discordia de todos los partidos políticos mexicanos -o lo que queda de ellos- rumbo a las elecciones del 2021 y lo que pueda seguir, si es que sigue. Todos los partidos están buscando alianza con Morena. No porque Morena signifique un capital político envidiable: Andrés Manuel López Obrador sí lo es.

El asunto es que ningún partido de los mexicanos por sí solo puede ganar una elección a López Obrador. Desde que tomó posesión se ha dedicado a aplicar la fórmula que aprendió en su largo pasado priísta, muy intenso por cierto: la compra de votos. Eso que se ha dedicado un día sí y otro también como el reparto de despensas –“frijol con gorgojo”- a cambio de una promesa de sufragio automática, a los mexicanos más desposeídos que son la abrumadora mayoría.

Las dádivas del presidente López, que garantizan simpatía los partidos que Andrés Manuel apoye en la próxima elección. Las becas, apoyos, ayudas, limosnas o como se llamen, tienen el  mismo gorgojo de las despensas despreciadas.

Por otra parte, los partidos políticos mexicanos repiten, todos, el modelo de Morena: se trata de agrupamientos de pandillas diversas que jala cada uno la cobija para su lado. En ese ambiente es difícil lograr y sostener alianzas políticas firmes. No existe un solo PAN sino muchos minúsculos panecillos; de la misma manera que no hay una sola Morena cuya única ventaja es un liderazgo sólido e inflexible: es conmigo o contra mí. Pasa lo mismo con el PRI, que a su desprestigio tradicional añade las rencillas internas. Cualquier alianza de uno con cualquier otro será equivalente a mezclar agua y aceite.

El asunto de esta fragmentación me debiera importar un pito. No es así.

Si no se concretan las alianzas, nacional o estatales, los mexicanos estaremos dejándole la mesa puesta a los oportunistas que tienen de lopezobradoristas lo que yo tengo de cura.

Los profesionales de la política debieran tomar en cuenta es hoy mismo. Literalmente mañana, sábado 14, será demasiado tarde.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿el pago anticipado de las pensiones y apoyos de diciembre en los primeros días de noviembre es un apoyo a que nos gastemos toda la plata en el llamado Buen Fin?

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