Por Félix Cortés Camarillo

Y en la distancia parece que se unen

No creo que haya muchas dudas sobre el que el principal defecto del presidente López es la tozudez, unida a la intolerancia. Su credo es bíblico y radical: el que no está conmigo, está contra mí. Su metodología es muy simple: exige obediencia ciega de todo el mundo. Su criterio de selección no deja duda alguna: el funcionario ideal se compone de un 90 por ciento de lealtad y un diez por ciento de eficiencia.

La evaluación del pasado nacional sigue el mismo patrón: terminado el período presidencial de Lázaro Cárdenas, NADA, pero absolutamente NADA de lo que hicieron todos los gobiernos que le sucedieron tiene algún valor. Todo lo que se hizo estuvo inscrito en un esquema de robo, fraude, moches, desvíos, mordidas, saqueo y una enorme corrupción cuyo objetivo permanente fue destruir al Estado mexicano para beneficio de unos cuantos.

Los adversarios de Andrés Manuel no cantan mal las rancheras.

Toda acción, decisión o proyecto del presidente López es para ellos producto de la improvisación, el capricho, la ocurrencia, el populismo y el sueño imperial del presidente. Ya sea la destrucción del aeropuerto de Texcoco, el matrimonio idiota del futuro de nuestro país con los combustibles fósiles y contaminantes, el absurdo Tren Maya o la aniquilación de todos los instrumentos económicos y administrativos que se llaman fideicomisos sin previo análisis de cada uno de ellos, su función eficacia y necesidad. NADA, pero NADA de lo que ha emprendido o realizado el presidente López merece el beneficio de la duda o el análisis serio y responsable.

Ambas actitudes se parecen tanto en lo imbécil de su maniqueo sustento, que no merecerían la pena ni siquiera cuestionar.

 No me cabe en la cabeza que desde 1940, cuando tomó la presidencia Ávila Camacho hasta julio de 2018, ochenta años, no se haya hecho en mi país una sola escuela, un hospital, un kilómetro de carretera, un puente o una reforma fiscal o legal que hubiera sido decente, bien intencionada y mejor realizada. El mar y el cielo se ven igual de azules y resulta que vienen a ser lo mismo.

El presidente López ha lanzado una iniciativa contra la que solamente pueden estar los directamente afectados en su patrimonio y ganancias. Suprimir el sistema de explotación y evasión fiscal que se llama outsourcing.

El sistema es muy simple. Cualquier empresa que no quiera pagar a sus trabajadores salarios justos, cuotas de Seguro Social o Infonavit, pago por despido, aguinaldo o liquidación al final de la relación laboral simplemente contrata los servicios de una firma de outsourcing. De esta manera, la empresa original no es el patrón del trabajador en cuestión: lo es la firma de outsourcing, que contrata a los trabajadores por períodos de tres meses máximo y se convierte en patrón sustituto: sólo por tres meses, para que no se finque una relación formal obrero-patronal. La rotación de personal se da en automático y no solamente se defrauda al fisco, se expolia a los trabajadores; con frecuencia las empresas contratadoras cambian de razón social, domicilio o socios y todo mundo queda contento, menos los trabajadores que en estos tiempos agradecen tener un trabajo, cualquier trabajo.

Yo difiero profundamente de las convicciones, acciones y credo del presidente López. No puedo estar en desacuerdo, sin embargo, con la primera medida razonable que veo salir de su cabeza.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿Qué onda con el avión, con Lozoya, o con su Pío hermano? ‎

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