Por Félix Cortés Camarillo

Como en España todo es -por fortuna- objeto de discusión intensa, de manotadas aéreas y voces fuertes, la reforma a la ley de educación ha provocado manifestaciones de miles automóviles en su contra, excepción hecha de las provincias más autónomas de todas las autonomías, las que tienen lengua co-oficial: Cataluña y el País Vasco, por citar dos ejemplos claros.

La nueva ley educativa ha sido bautizada Ley Celaá, por su promotora, María Isabel Celaá Diéguez, ministra de Educación de España. Se trata de una serie de reformas a la ley educativa que rigió originalmente desde la caída del franquismo y la Constitución que de ese hecho nació.

La reforma actual es muy compleja y aborda temas tan polémicos, hasta en España, como la exclusión de la religión en las escuelas, la cancelación del subsidio -sí del Estado- a los colegios particulares que segreguen por género, esto es salones de alumnos y de alumnas; introduce lo que llamamos nosotros pase automático, esto es que los que reprueben materias pueden pasar al grado inmediato superior; se propone eliminar gradualmente los centros de enseñanza especial para los afectados por discapacidades varias, para que dentro de diez años todos los discapacitados vayan a las escuelas regulares. Se introduce la “educación afectivo-sexual” desde la primaria.

Pero lo que detonó el descontento ha sido la disposición de la nueva ley, que borra de su texto el hecho de que el castellano es la “lengua vehicular de la enseñanza”, a la vez que es la “lengua oficial del Estado”.

La intelectualidad, que según canta Agustín Lara se emborracha en el Bar El Chicote en las calles de Alcalá, ha protestado en contra de este principio y lo considera un atentado en contra de la lengua que permite comunicarnos a más de quinientos millones de seres humanos en el mundo, y que ha dado al mundo tantas piezas divinas de la literatura como la coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, toda la obra de Lope de Vega, El Quijote, la prosa de Camilo José Cela, Cortázar, Fuentes, Cien Años de Soledad”, y tantas cosas bellas que soñamos desde aquí, como dice Lara. Entre muchas obras más.

La voz más vigorosa que se ha levantado en contra de esa parte de la ley Celaá, es la de Mario Vargas Llosa, peruano de nacimiento, español por decisión y autor entre otras piezas muy dignas de inclusión en este texto, como Conversación en la Catedral o La Ciudad y los perros. Premio Nobel de Literatura, por cierto.

La Academia Española de la Lengua, y sus correspondientes de América Latina -entre ellos la de México- han sido tibias en la defensa de la lengua española en la Madre Patria. En defensa de la Madre Lengua. El respeto al náhuatl, zapoteco, mixteco y toda la riqueza lingüística autóctona en nuestro país es tan venerable como la defensa del catalán, el vascuence o todas las otras hablas de España.

Pero el español es nuestra lengua materna. Y no se trata así a una madre. El jueves pasado, en las Cortes Españolas, los diputados dijeron sí a la ley Celaá; falta la aprobación del Senado. La votación del jueves fue de 177, uno arriba del requerido para ser mayoría.

En la democracia, se gana por un voto; eso lo debería entender el señor Trump cuyo torpedeo a las elecciones ha fracasado juicio por juicio, recuento tras recuento, aunque Biden no le haya ganado por una cabeza, sino por millones de votos. Parafraseando a Vargas Llosa en el primer párrafo de Conversación en la Catedral: ¿En qué momento se jodió España?

APORTACIÓN para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, a los inexpertos del G20 les dijo usted sobre el Covid 19 que nada por la fuerza, todo por la convicción. No al confinamiento extremo. Debe usted tener razón: más de cien mil cadáveres -los contados oficialmente- le respaldan.

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