Por Félix Cortés Camarillo

Era 2013 y era el 19 de abril. Y era Chiapas, porque el presidente venía como arbolito de Navidad ornamentado con listones y huipiles, sarapes y mantas del lugar. Era el inicio de la Cruzada contra el Hambre, uno de esos programas de nuestros gobiernos para resolver los problemas del país con títulos diferentes para cada falacia, todos diseñados por publicistas de primera. Solidaridad, Progresa, Marcha hacia el Mar, Sembrando el Futuro, son la misma gata pero revolcada.

Al menos son menos mamones que la Comisión para Devolverle al Pueblo lo Robado.

Había comenzado también una campaña en contra de la secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles, quien le había comentado su preocupación por ello al presidente Peña Nieto, antes del acto. El presidente comenzó su discurso aludiendo al hecho para coronar con una frase que pasó a la efímera historia política de México: ”Rosario, no te preocupes; hay que aguantar”.

Mucho había aguantado Rosario, desde la acusación de traidora, que pública y detalladamente se le hiciera. De traidora a la izquierda, en donde comenzó su vida política; de traidora al PRD, que había ayudado a fundar al lado de Cuauhtémoc Cárdenas; de traidora a sí misma, sus ideales y convicciones. Mucho tenía todavía que aguantar con la secuela de aquella entrega memorable y videograbada de fajos de billetes con destino a López Obrador y recibidos por su cercano recolector, René Bejarano, de manos del argentino-mexicano Carlos Ahumada, quien daba dinero a cambio de contratos y que luego se supo era amante de Rosario Robles, en aquel entonces jefa de gobierno del Distrito Federal.

Tenía más de qué preocuparse doña Rosario, pues ha estado en prisión desde el inicio del presidente López; según el fiscal Gertz Manero, a ella no se le dio el tratamiento privilegiado que el pillo de siete suelas Emilio Lozoya porque, a diferencia de éste, ella se había negado a “cooperar” con la fiscalía entrándole a la mecánica del delator, del chivato que en México se llama “criterio de oportunidad” por no decir llanamente protección del gobierno al delincuente rajón.

Aquí no se trata de dilucidar la inocencia o culpabilidad de la señora Robles, el asunto es la descomposición del sistema de justicia del Estado mexicano, en el que todos somos culpables mientras no demostremos lo contrario, y en el que los bandidos dejan de ser bandidos siempre y cuando delaten a otros bandidos más arriba de ellos.

 Como en este caso, al señor Videgaray.

 ¿Peña Nieto? Apuesto a que no.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿Se acuerda de hace tiempo cuando en estas mismas líneas le pregunté qué iba a pasar cuando por Navidades llegáramos a los cien mil muertos oficiales por la pandemia? Su achichincle López-Gatell había reconocido como catastrófica la cifra alcanzada de sesenta mil muertos. Oficiales.

Desde luego que no se acuerda. Usted tiene memoria selectiva, como todos los políticos: sólo recuerdan lo que les conviene.

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