Por Félix Cortés Camarillo

Ayer se murió El Pelusa, oficialmente Diego Armando Maradona Franco, a los sesenta años de edad, en su natal Argentina.

Fue uno de los hombres más famosos de finales del siglo pasado y de lo que va de este. Para los que entienden de futbol es el mejor futbolista de todos los tiempos; hay otra corriente que insiste que ese título le corresponde a Pelé. Como está científicamente demostrado que el futbol soccer es una religión intolerante, jamás podrán resolver este dilema. Por eso yo me abstengo del juicio definitivo.

De lo que no puedo abstenerme es del magnetismo innegable que el futbolista tuvo hasta el día de su muerte y de la azarosa vida que llevó, en la que se atravesaron, como dicen los clásicos, dinero, vino, mujeres y otros vicios, que dejaron por ahí diez hijos regados por el mundo. Ironizaba una de sus hijas mayores: nada más le faltó un hijo para hacer un equipo de futbol.

Solamente Maradona pudo haber escrito, después de visitar a Juan Pablo II en El Vaticano, lo siguiente: “¿Cómo se puede ser tan hijo de puta de vivir con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los niños con su panza así”. Jorge Bergolio, Papa Francisco, de origen argentino también, lo recibió luego dos veces y se calificó de su fan.

 A mi juicio, ahí reside el misterio de Maradona. La transformación de seres humanos en ídolos vivos y el peligro que ello representa.

 Todos los seres humanos requerimos de algo o alguien a quien venerar. Generalmente es un alguien a quien quisiéramos imitar, seguir su ejemplo y ocupar su nicho. Cuando se viene de orígenes modestos, como Maradona y como yo, ese fanatismo es capaz de perdonar las debilidades de nuestros héroes: pueden ser borrachos, parranderos y jugadores, como Juan el Charrasqueado. Pero también pueden ser alcohólicos, drogadictos y erráticas naves en el mar de la vida.

Debe decirse a favor del argentino que fue siempre un hombre de izquierda; como yo, pero activo y entusiasta. Ser de izquierda no quiere decir más que estar a favor de los desposeídos y en contra de la injusta repartición de los bienes de este mundo. De ahí la expresión del futbolista hacia el Papa.

 El fanatismo es sin duda una etapa de la vida que todos debemos atravesar; sin quedarnos en ella, desde luego.

  ¿Habrá sido feliz El Pelusa? Para mí tengo que no.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿de veras usted se cree su patraña de que el feminicidio y la violencia hacia nuestras mujeres es consecuencia de la descomposición familiar que los neoliberales fomentaron para ponerle piedritas en su camino de gobernante?

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