Por Eloy Garza González

Hasta hace algunas décadas, entre la clase política del PRI había muy buenos lectores. La mayoría de los políticos eran (y son) unos zafios, unos brutos, unos redomados analfabetas funcionales. Pero había quienes gustaban de leer y hasta de escribir. Algunos llegaron incluso a forjarse fama de gente culta o al menos ilustrada.

Me consta que Luis Donaldo Colosio leía a Ludwig Wittgenstein y era capaz de citar de memoria frases completas del filósofo austriaco. Y me consta también que leyó “La sombra del caudillo”, de Martín Luis Guzmán, la mejor novela política que se haya escrito en México y quizá en América Latina.

Los políticos actuales ya no leen literatura, tan ocupados ellos en grabar día y noche videos para Instagram o bailecitos para Tik Tok. Pero Luis Donaldo Colosio Riojas, diputado local, debutó como productor de teatro y tomó clases de actuación. Luis Donaldo pisó los escenarios y eso significa que conoce la política moderna, que es también dramaturgia, aunque mal actuada y peor representada.

Hace años, adapté al teatro “La sombra del caudillo” de Martín Luis Guzmán. Aquí la tengo para lo que se ofrezca, porque está más vigente que nunca. Eso sí: Luis Donaldo Junior ya no podrá producirla porque ahora está buscando ser gobernador de Nuevo León. O al menos candidato del PAN para ese cargo. Y con tal fin, está a punto de dejar la candidatura del partido Movimiento Ciudadano para alcalde de Monterrey, un cargo que, según todas las encuestas reales (hay muchas patito) ya tenía en la palma de la mano.

Luis Donaldo comete dos errores garrafales: uno de estrategia y otro sentimental. El primero es fácil de explicar. Yo no me pondría en manos de Zeferino Salgado, dueño del PAN en Nuevo León, porque tendría claro que me van a utilizar. En pocas palabras, los mandamases panistas venderán mi candidatura al mejor postor, que es lo que harán con Luis Donaldo Junior. Así me quedaría yo sin Juan y sin las gallinas. O sea, sin ser gobernador y sin ser alcalde de Monterrey. Pero yo no soy Luis Donaldo y él es libre de hacer con su trayectoria política un papalote o un rehilete o lo que más se le antoje.

El segundo error es de carácter sentimental. El diputado local Luis Donaldo y el senador Samuel García son muy amigos. Los une una especie de hermandad afectiva desde hace muchos años. Samuel lo metió a Movimiento Ciudadano y convenció a Dante Delgado para ficharlo como nuevo jugador. Sin duda Samuel se ha equivocado infinidad de veces (más de las aceptables en el juego de la sucesión), pero también es cierto que fue el primero en buscar ser gobernador con el respaldo manifiesto de Luis Donaldo.

Y aquí es donde entra “La sombra del caudillo”. Resulta que en esa novela (y en mi adaptación como libreto teatral), ante la amenaza del rompimiento entre dos amigos, que aspiran al mismo cargo, aparece un tercero en discordia, tratando de atemperar el inminente conflicto. Y lo hace bajo el siguiente argumento: “En el campo de la política, la amistad no subsiste. De los amigos más íntimos nacen en política los enemigos más acérrimos, los más crueles, los que se destrozan mutuamente”.

Samuel tiene cuesta arriba ser gobernador de Nuevo León. Luis Donaldo tiene cuesta abajo ser alcalde de Monterrey. ¿Para qué se juega una candidatura con el PAN, terriblemente enmarañada y desgastante, si además todo apunta a que será el inicio de una guerra acérrima, sin cuartel y donde se destrozarán mutuamente dos amigos que tanto se querían? Ninguno de ellos ganará en este enroque.