Por Félix Cortés Camarillo

No es fácil establecer una cifra cierta del número de damnificados en la industria restaurantera de nuestro país que la terquedad de las autoridades supuestamente sanitarias han provocado con su autoritario cierre a piedra y lodo. En todo el país, decenas de miles de establecimientos, mayores y medios especialmente, han tenido que cerrar definitivamente sus comederos ante la progresiva desaparición de los recursos que habían podido guardar bajo el colchón para enfrentar situaciones inesperadas y extremas, y la imposibilidad de acudir a otros apoyos externos para salvar negocios a los que les han invertido años y años de trabajo, muchas veces, familiar o gremial.

Sobre todo, ante la tozuda actitud de las autoridades a todos los niveles de permitirle a los restaurantes reiniciar operaciones respetando todas las disposiciones sanitarias, que hiciera posible hacerse de los recursos mínimos para poder salvar sus fondas. Ni el compromiso de respetar límites de aforo que llegaron al imbécil del 20 por ciento de su capacidades, la sana distancia de más de tres metros entre mesa y mesa, la salida a la terrazas o banquetas para su servicio, sirvieron de nada.

Un grupo de empresarios restauranteros de la Ciudad de México, ante la opción de abrir o morir, osaron violar la prohibición de trabajar. Tampoco sirvió de nada. Al apercibimiento inicial sigue la clausura y la multa. De ahí el cierre definitivo de restaurantes, cafés, bares, cantinas y taquerías. En consecuencia el despido de miles de personas.

No se trata solamente de meseros, cocineros, garroteros, galopinas, lavaplatos, barrenderos, estacionadores de autos o encargados de los despojos. Esos, junto a los dueños y manejadores de los comedores, son las víctimas directas. Seguidamente vienen los proveedores de materias primas orgánicas y no, servicios de limpieza y seguridad y otros que dejo fuera. El esquema se repite en otras empresas de comercio y servicios. Los despidos se multiplican como ratas. Luego vendrán las maquiladoras y las fábricas.

El argumento para tal obcecación que hunde la economía es que la presencia de un número mayor de personas en un solo sitio propicia el contagio de la pandemia que nos ha cambiado la vida. Es indudablemente cierto. Pero hagamos una pausa.

Hay varias líneas del metro de la Ciudad de México sin servicio por el todavía irresuelto incendio de la central Buen Tono. Se había prometido que hoy miércoles ya estaría restablecido el servicio. Esas líneas hoy paradas suelen transportar, apretujados como sardinas, sin sana distancia y no todos con cubrebocas, tres millones de seres humanos cada día. Esos usuarios están haciendo colas de más de dos horas para abordar un transporte alternativo -y, desde luego más apretujado- en autobuses, patrullas o samaritanos que son escasos.

¿En qué cabeza cabe que las posibilidades de contagio Covid 19 son mayores en una mesa de restaurante que en un camión de transporte público?

Solamente en una mentalidad obtusa y malévola.

Circula una teoría, que ya no me parece tan descabellada como me lo parecía antes: la idea de la cuarta simulación “primero los pobres” tiene fundamento. La idea es minar la estructura económica del país, de manera que todos quebrados pasemos a engrosar el ejército de miserables dependientes de la caridad del Estado. Como en Venezuela o en Cuba. La idea de la economía moderna era acabar con los pobres. La cuarta simulación quiere que nosotros los pobres seamos la mayoría.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: Señor Presidente ¿no debería agradecerle al señor Trump su reconocimiento por los miles de soldados mexicanos que por instrucciones suyas le cuidaron la frontera sur de los Estados Unidos?