Por Félix Cortés Camarillo

Todos los pueblos deambulan por su historia en ciclos recurrentes. Esto así, por supuesto, a partir de los asentamientos humanos que provocó la agricultura y sus repetidas condiciones climatológicas. Así como el llamado calendario azteca establecía la llegada del esperanzador nuevo sol para los aztecas, los pueblos se encuentran cada cierto tiempo con las mismas situaciones trágicas o promisorias. Los agoreros explican así la pandemia que nos acosa ahora: cada siglo, los años terminados en veinte han traído una nueva plaga maléfica.

Los mexicanos de ahora inventamos los nuevos ciclos de vida, casados con los cambios en el poder político. Cada seis años sepultamos un período que se fue transformando de esperanzador en frustrante. Cada seis años confiamos en la promesa renovada o le consideramos la posibilidad de ser -nuevamente- nuestro último fracaso. Así lo trasladamos, equivocadamente, a los cambios en la administración de los Estados Unidos, por el inevitable influjo que la política del poderoso vecino tiene en nuestra vida.

En teoría, hoy debe desaparecer uno de los períodos más nefastos en la vida de México frente a los Estados Unidos. Un nacionalismo feroz, traducido en un populismo febril, racismo incontrolable y manifestaciones groseras de maltrato y humillación, encontró en los dos presidentes que tuvo al sur de sus fronteras Donald Trump una dócil complicidad.

En teoría, hoy les debe resurgir a los mexicanos la nueva esperanza de que Joe Biden nos abra el camino a una mejor realidad.

En eso consiste el error de fundamento. En vivir con la idea de que alguien poderoso de mágico poder va a resolver los problemas de atraso económico y social que endémicamente padecemos. Hoy le toca a Joe Biden ser nuestra esperanza nueva o nuestro último fracaso. Lo que nunca nos ha quedado claro es que el presidente de los Estados Unidos jura el día de hoy es precisamente eso: buscar el bienestar, progreso y satisfacción para los Estados Unidos, no para México o cualquier otro país. Ese engaño ha estado particularmente vivo cuando el presidente entrante es un demócrata, como con Obama o Clinton; si además católico, más a nuestro favor, dice el cuento, como en los casos de Kennedy o ahora Biden, que encima de todo es guadalupano.

Es verdad que no nos puede ir peor que con Trump.

Tal vez sí, porque la actitud del presidente López hacia el nuevo mandatario de los Estados Unidos es de cadillo provocador, desde su negativa a aceptar a tiempo la derrota de su amigo Trump hasta el manejo de la crisis del general Cienfuegos, y lo que sigue.

Pese a ello, las promesas del nuevo presidente norteamericano anuncian mejoría para nuestros paisanos indocumentados que allá viven y trabajan en la incertidumbre; se puede esperar que las majaderías a las que Donald Trump es tan proclive, ya no las tengamos que soportar.

Pero los problemas de los mexicanos, su seguridad, economía, salud y bienestar, solamente las podemos resolver los mexicanos en cuanto nos pongamos a trabajar sin demagogia corrupta, como ha sido hasta el día de hoy, 19 de enero.

Día de fiesta para los norteamericanos. Para nosotros, un día más.          

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: Ahora que van a comenzar a escasear, más, las vacunas contra el Covid 19, ¿va a seguir en México la vacunación preferencial para los “servidores de la Nación” que no tienen ninguna participación en los trabajos de vacunación que no sea el de hacer proselitismo político para Morena rumbo a las elecciones de junio?

‎felixcortescama@gmail.com