Por José Jaime Ruiz

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Cito el libro de David Owen En el poder y en la enfermedad de la editorial Siruela: “La descalificación automática no es justificable. Hay pocas dudas en cuanto a que hacer frente a la enfermedad puede cambiar la personalidad de un individuo, pero a veces puede ser para mejor. Se cita la polio de Franklin Roosevelt como ejemplo de una enfermedad que hace al hombre. La enfermedad de Addison del presidente Kennedy muestra por qué no debemos juzgar una dolencia concreta como una descalificación para un alto cargo. Repetidas veces en este libro he subrayado que los líderes políticos han dominado los efectos de su enfermedad, han disciplinado y han gobernado sabiamente a pesar de ella… Tal vez las enormes responsabilidades por el bienestar de los demás los hicieran salir de sus propios problemas”.

Y remata Owen: “Algunos dirigentes mantuvieron sus dolencias en secreto durante años” (pp. 440 y 441).

Recuerdo mis aforismos de viejo cuño aunque, creo, no avejentados.

* El poder enferma.

* ¿Hay sanación? No.

* ¿Alguna cura? Menos.

* La enfermedad del poder siempre es una enfermedad terminal.

* Todo poder huye hacia adelante.

* El poder cura a los ciudadanos, pero no hay receta para curarse a sí mismo.

* El político también es un fármaco-dependiente.

* ¿Cuál es la parábola de Talleyrand sobre la farmacia de la abuela Mortemart citada por Calasso?

* “Farmacias más dotadas y más científicas, utilizadas también quizá gratuitamente por médicos de gran reputación, no conseguirían reunir tan pobre gente, y sobre todo hacerles tanto bien. En esas farmacias faltarían algunos grandes medios de curación para el pueblo: la buena disposición, el respeto, la fe y el reconocimiento”.

* Apunta Calasso: “Con el máximo de precisión y el mínimo de vistosidad, Talleyrand ha querido describir, aquí y sólo aquí, el carisma del poder”.

* Obvio. Origen del “sacramento del poder”, “misterio primordial del poder: la virtud de curar”.

* Hay diferencia. Una cosa es enfermarse de poder y otra distinta enfermarse en el poder.

* Para Owen las dolencias, las enfermedades de los hombres y mujeres de poder, suscitan muchas cuestiones relevantes: “la dificultad para destituir a los dirigentes enfermos, tanto en las democracias como en las dictaduras, y, no menos que todo esto, la responsabilidad que las afecciones de los altos dirigentes hacen recaer sobre los médicos. ¿Deben estos lealtad exclusiva a su paciente, como sucedería normalmente, o tienen la obligación de tener en cuenta la salud política de su país?”.

* Si es cierto que el poder enferma, ¿el que desde el poder se enferma causa baja, en el peor sentido de la palabra? El infirmus es el que no está firme. ¿Y quien no está firme… se cae?