Por Eduardo Campos Sémeno

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Será su tono pausado, su media sonrisa a veces, su personalidad o su investidura, pero lo cierto es que el lunes se notó que Andrés Manuel López Obrador hacía mucha falta en las mañaneras de las que estuvo ausente mientras se recuperaba del Covid.

El presidente es contundente, ocurrente, mordaz, coloquial, solemne según se ocupe, pero lo más importante es que enfrenta los temas y las preguntas de una manera muy peculiar. La secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero lo hizo bien en su ausencia, pero AMLO llega “repartiendo juego”, como se diría en una metáfora futbolera.

Llamó “periodismo muy ramplón” a la nota de conspiración de Reforma que resaltó un presunto “bulto” bajo el saco del mandatario y especuló sobre un posible monitor médico.

Parafraseó una reciente columna de Héctor Aguilar Camín, quien aseguró que la vacuna rusa podría ser menos efectiva en las poblaciones fuera de Rusia por motivos étnicos o raciales: “En ese caso”, dijo AMLO con buen humor, “la tampiqueña nada más la pueden comer los de Tampico”.

Pero las ocurrencias no son lo verdaderamente destacable de las mañaneras. La realidad es que se han vuelto la herramienta de comunicación más eficaz de la presidencia y al mismo tiempo el arma más letal de AMLO para enfrentar a sus críticos y adversarios políticos.

Imagínense, son las 7:30 o las 8:00 de la mañana, los periódicos apenas inician circulación y están siendo leídos, cuando el presidente desde Palacio Nacional ya los exhibe en el proyector de la mañanera para “corregirles la plana” de alguna nota que considera injusta o sesgada. Igual hace con los escritos de los editorialistas.

Los presidentes e infinidad de políticos siempre han tenido reserva o animadversión a la prensa, eso no es nuevo. López Portillo les dijo en un Informe que el Estado ya no les pagaría para que lo golpearan. Vicente Fox le contestó a una señora en una gira que mejor no leyera los periódicos y que los diarios eran “cuentachiles” por exigir la transparencia.

Lo diferente ahora es que este evento de dos horas de lunes a viernes de las mañaneras está siendo verdaderamente efectivo y pega donde duele. Tanto así que los llamados “intelectuales orgánicos” la han acusado de ser un ataque a la libertad de prensa, cuando en realidad resulta lo contrario: Es el mejor ejercicio de libertad de expresión que ha tenido el país en mucho tiempo.

Reforma, El Universal, Aguilar Camín, Brozo o Carlos Loret están en todo su derecho de escribir, publicar o videograbar y difundir todo lo que quieran. De igual forma, el presidente está en plena libertad de manifestar su opinión, contento o descontento, por esas opiniones o informaciones públicas.

No se censura a nadie, pero se reserva el derecho de contestarles a todos. Que cada quien se haga responsable de lo que dice o escribe. Además, resulta hasta gracioso que ahora los de piel delgada estén resultando los periodistas, escritores y editorialistas de México.

Por eso no sólo ocupamos a AMLO en las mañaneras, sino que necesitamos todos y cualquier ejercicio que fomente, promueva o ejerza la amplia libertad de expresión,  como las mañaneras.