Por Félix Cortés Camarillo

Te digo que no,/ aunque tú me digas que mucho has cambiado. // Armando Manzanero, «No»

Hay muchas palabras del inglés británico que me parecen fascinantes.

Una de ellas es spleen, que de la misma manera que la brasileña saudade, tienen una traducción simple que es incapaz de agrupar todos los significados que las palabras encierran. Esplín, palabra que ya aceptó la Academia de la lengua Española, o spleen, es la palabra inglesa para el bazo, porque los griegos asumían que ese órgano segregaba una bilis negra causante de la tristeza.

Desde luego que no es así de acuerdo a la anatomía, pero spleen es mucho más cosas y ninguna a la vez: melancolía, ira, desencanto, aburrimiento, frustración, enojo, desinterés y muchas otras cosas más. Todo ello me invade cada mañana al ver y escuchar las llamadas conferencias de prensa del presidente López. Principalmente porque siguen un libreto teatral simple y repetitivo con los mismos temas, los personajes recurrentes y la idea peregrina de que repetir una mentira cien veces le da cualidades acumulativas de verdad.

En su reaparición en su ruedo favorito, luego de dos semanas de un reposo motivado por la pandemia imperante en México, el presidente López ayer me sorprendió y me sacó de mi esplín.

Primero porque a diferencia de lo habitual, uno de los asistentes se atrevió, a propósito de su convalecencia, a hacer una pregunta directa, concreta y sencilla y no a prepararle el balón para que se recitara un repetido rollo sobre los conservadores y los liberales, Porfirio Díaz, los intelectuales orgánicos, los medios impresos que callaron como momias cuando los gobiernos anteriores al suyo hicieron lo mismo que el suyo hace ahora. La pregunta fue muy simple: ahora que ha superado el contagio del coronavirus ¿va a usar el cubre bocas en sus apariciones en público?

La respuesta fue inmediata, clara y sólida: no.

De nada sirvió que el interlocutor le recordara la recomendación de su gurú epidemiológico, el doctor López-Gatell, sobre la necesidad de usar esa protección mínima. La respuesta fue la misma: no. Yo no contagio.

Todos los que estábamos viendo y escuchando recordamos que momentos antes el presidente López había señalado que él no se ha vacunado como otros jefes de Estado que lo han hecho aprovechando el privilegio de su cargo, porque los gobernantes deben ser ejemplo para los ciudadanos. Yo tenía la frágil esperanza de que durante su confinamiento, López Obrador hubiera podido hacer una reflexión para abandonar la terquedad, la obcecación que dominan todas sus actitudes, posturas y decisiones. Sigue igual, no tiene remedio.

El presidente López insiste en que los integrantes de su administración, comenzando por él, no son iguales a los de antes.

Tiene razón: no son iguales. Son peores.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, señor Presidente, ¿cuando va a aceptar que no hay vacunas contra la pandemia, y que cuando las haya no serán suficientes para vacunar a los mexicanos que usted promete antes del 31 de marzo? Las matemáticas no son tan elásticas como la política o la ideología.

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