Por Carlos Chavarría.

Pásele, pásele, se acaba de poner la cartelera de nuestro mejor espectáculo. ¡Lo nunca visto!, ¡lo más asombroso! Usted no podrá creer lo que atestiguaran sus ojos en los siguientes tres meses de la temporada que tanto le gusta al público y a los medios. Bueno, más a los medios que al respetable, pero será genial.

Será la pandemia, será la reiteración del discurso sin fondo de unos y otros, será el sereno, pero empiezo a estar de acuerdo con quienes creen que quizás ya no vale la pena gastar tanto dinero en los procesos electorales.

El método eleccionario preferido por nuestro presidente, el de las encuestas, significaría un gran ahorro y el resultado sería el mismo, porque la “caballada está tan flaca” al no haber personajes sobresalientes en la ruleta.

Sí, que hagan sus campañas, para que los muy versados y concentrados electores de la nación puedan discriminar al menos rostros y nombres. Claro que después, con una encuesta sería más económico escoger a los mejores, porque vamos a llegar al mismo resultado: el azar electoral, habida cuenta del mercado en que han convertido a las candidaturas.

Cualquier parecido con aquel “fiel de la balanza” de la época de López Portillo es mera coincidencia. Así son ahora las fuerzas vivas de este nuestro San Garabato de las Tunas tan querido.

Los partidos ya aprendieron al dedillo la primera ley de la termodinámica, que nos indica que la energía no se crea ni se destruye, sólo cambia de forma. Al no existir fondo ideológico real, ya nadie habla de doctrina y no hay factores diferenciadores entre cada una de las verdaderas franquicias en que han convertido ese noble aparato de convergencia y conducción del conflicto social y por el poder, los partidos políticos.

De los candidatos ni para qué hablar, pues todos tienen las mismas sacrosantas intenciones de servirnos con total desinterés personal de su parte. Mas si nos guiamos por sus ejes de campaña y en los escasos encuentros donde han expresado sus tan concretos programas de acción, además de esos encendidos discursos que tanto dicen acerca de cómo actuarán una vez con el poder en la mano pero que muy seguramente no cumplirán.

Lo que más sorprende del discurso electoral en general es la vulgar copia que hacen todos de los mismos programas que ya vienen operando desde años desde el gobierno federal y que ahora se hacen con tarjetas de débito y bancos a modo.

Ese mismo discurso elude la simple y singular circunstancia de que si el congreso continúa en manos de López Obrador los gobiernos estatales y municipales no tienen ninguna posibilidad de realización de ninguna de sus promesas.

Las elecciones para diputados federales son por la bandera, por el color, por el partido, cosa que en este arranque de campaña todos los candidatos quieren minimizar debido al enorme desprestigio de las marcas. Queda claro que a los candidatos actuales locales poco o nada les importa el contexto político por el que atraviesa México.

Siempre es difícil una campaña intermedia, pero no se han dado cuenta de que una donde el presidente participa con todo su poder para impulsar con estridencia a quién él quiere y hundir también al que se salió del huacal, es algo inédito.

Doce semanas se pasan volando y ya se les fueron 2.

In a society governed passively by free markets and free elections, organized greed always defeats disorganized democracy. —Matt Taibbi