Por Carlos Chavarría.

Nuestro presidente no hizo el ridículo él solo en la cumbre climática convocada con urgencia por su homólogo de los EEUU, Joe Biden. Las propuestas de AMLO podrán calificarse de infantiles y fuera de lugar, pero, el ridículo lo hicieron todos los asistentes, que por cortesía fueron a repetir las mismas recetas y propuestas que ya estaban fijadas en el Protocolo de Kioto y el compromiso dentro de la ONU para tan complicado problema, el calentamiento global.

Uno de los colmos fue la posición de Rusia de que su contribución a la mitigación del problema de emisión de gases reside en las enormes extensiones de sus ecosistemas que absorben la mayor parte de lo que ellos emiten. Vaya que eso es esfuerzo.

Desde los 60´s del Siglo XX se empezó a mostrar preocupación por los efectos dañinos causados por el hombre en el medio ambiente, pero el enfoque fue la contaminación de los recursos naturales y la imposibilidad de que los ecosistemas naturales puedan absorber el mugrero que producimos y mantenerse como algo disfrutable y sano.

Las políticas públicas de todos los países para el tema, giraron entonces en torno a fijar estándares máximos de polutantes por unidad de producto o recurso utilizado en nuestro modo consumista de vida. Se crearon incentivos y castigos que impulsaron la ciencia y la tecnología necesaria para mitigar y en algunos casos revertir la degradación en cuanto a polución y se consiguió mucho pero no lo suficiente.

A partir de las investigaciones al respecto de la capa de ozono, los cambios extremos en la condición climática en general empezaron a estar en el radar de la ciencia y la política.

Una intensa campaña mediática con diversos rostros famosos concluyo con la firma del Protocolo de Kyoto en 1997 que determinó objetivos y compromisos concretos para abatir las emisiones por parte de los 197 países miembros de la ONU.

Hasta ahora los resultados han sido magros y desiguales y, 30 años después, la situación se está complicando y nada parece detener el aumento de los extremales de temperatura y sus efectos. Ahí está el quid del ridículo de los convocados a la cumbre en cuestión, porque si bien la ciencia avanzó, nada se hizo para atacar uno de los componentes más críticos para la evolución del cambio climático: tanto los países más ricos como los más pobres son los que producen los mayores efectos en el calentamiento global.

Sólo 6 países responden por el 65% del total calculado de 38.5 Giga Toneladas de CO2 emitido anualmente. México por cierto emite el 1% del CO2 global. En tanto, el resto de los países más pobres causan el 35% de la emisión global restante.

Muy al margen de las controversias de científicos en torno al tema y de las dificultades inherentes para modelar el problema, lo cierto es que la economía de producción y consumo de la humanidad entera se suma a los ciclos naturales de cambio de temperaturas y de ahí, del consumismo, surge el factor más importante para el aumento sostenido de emisiones de gases de efecto invernadero.

El transporte (14%), la industria (21%), la generación de electricidad (25%) y la agricultura (24%), con mucho representan los sectores sobre los que debe trabajarse para mitigar la emisión de gases, pero el problema es de dónde sacar el capital y cuál debe ser la escala de sacrificios de la economía global.

No, México no hizo el ridículo, lo absurdo es que ya se sabe lo que debe hacerse, pero nadie quiere enfrentarlo de manera global sin afectar el orden económico mundial.

Nuestro país puede y debe hacer su parte ante la catástrofe climática tan anunciada sólo se requiere convencer a los políticos y empresarios en general y a los que detentan el poder en la actualidad, de que es bueno para la economía el impulso que podría darse  al crecimiento a través de los efectos multiplicativos derivados del cambio de paradigma energético y de los patrones de consumo.