Por Carlos Chavarría.

“La actuación del príncipe es juzgada de acuerdo con principios

propios de la ciencia política, que no tienen por qué coincidir con

los de otra parcela del comportamiento humano, como la moral”.

Maquiavelo.

¿Acaso fue hipócrita Miguel de Lamadrid cuando se presentó en el lugar de los hechos, para atestiguar los daños causados por el tremendo terremoto de 1985 que azotó a la Ciudad de México?

¿Es posible que López Obrador actuara como hipócrita cuando sobrevoló en helicóptero las zonas devastadas de Tabasco por las inundaciones?

¿Han sido hipócritas todos los presidentes, gobernadores y alcaldes, de todo el mundo, que acuden a aquellos lugares donde sus pobladores han atravesado por alguna tragedia general?

El político que lanza la flamígera acusación de hipocresía ¿no es en sí mismo un hipócrita? ¿Qué caso tenía entonces que el presidente mandara “al carajo” a los que le demandan que se presente ante la opinión del pueblo acusándolos de hipócritas?

Debe ser muy incómodo para López Obrador el haberse autoerigido en el enemigo acérrimo del fariseísmo político y de la pulcritud, así como adalid de los pobres, cuando la realidad de la pandemia, la corrupción, el aumento de la pobreza y los incidentes-accidentes del Metro, lo confronten y falle ante la prueba de sus nobles cualidades.

Es de no creerse que un político tan avezado y encumbrado como el presidente de México eluda asumirse como responsable de la tragedia (incidente accidente), cuya causa no es fortuita o natural, y muy al contrario debe su origen a la irresponsabilidad de gentes muy cercanas a él.

El opositor a modo en la figura del “conservadurismo”, al que tanto le gusta recurrir a nuestro presidente hoy no le sirve y él busca forzar su aparición para salvarle del necesario enjuiciamiento que deberá hacer de sí mismo, porque fueron sus elegidos más preciados los que quedarán en la picota de la cruda realidad como displicentes al haber omitido arreglar lo que bien tenía solución.

Maquiavelo en “El Príncipe”, Cap. XVIII, cuando habla de cómo debe guardar el Príncipe la fe jurada, afirma que “mejor es que parezca que un príncipe tiene buenas cualidades a que las tenga en realidad”. En el caso que nos ocupa resulta todo lo contrario del consejo de Maquiavelo.

Víctor Hugo en su obra “Los Trabajadores del Mar”, Parte I, Libro VI, dice: “un hipócrita es un paciente, en el doble sentido de la palabra: calcula un triunfo y sufre un suplicio”. El día de las elecciones ahí estará viva la herida que está causando el Presidente al negarse a ponerle nombre a los responsables.

Confucio en su sabiduría advertía que “hay que huir por un momento del hombre encolerizado, y para siempre del hombre disimulado”.

El cardenal Mazarino, gran político estimaba: “Desconfiad de aquellos que quieren serviros sin conoceros, su deferencia oculta siempre un lazo”. No nos quejemos entonces de ver a la hipocresía gobernar a los hombres, en especial cuando se trata de la política y de los credos religiosos. El mundo sería un infierno, si no existiera la hipocresía.