Por José Jaime Ruiz

En una de sus recaídas, Scott Fitzgerald habló mal en una entrevista –irónicamente– de un colega suyo llamado Thomas Wolfe. El editor de ambos, el gran Maxwell Perkins, le pidió a Scott que le escribiera a Wolfe aclarando un poco qué era lo que había querido decir en la entrevista. Y cosa de evitar algún encontronazo emocional, Fitzgerald trató de echar agua en algunos puntos acerca del arte de escribir novelas: sobre el porqué de la corrección, Flaubert, y qué sano es cortar frases con un hacha bien afilada. La respuesta no tardó en llegar. Y, a diferencia de la extensión de la carta de Scott, la de Wolfe era larga. Muy larga. “Me decís que un gran escritor como Flaubert dejaría afuera de su novela de manera consciente cosas que cualquier fulano no dudaría en dejar adentro. Bueno, no te olvides, Scott, que un gran escritor no sólo es bueno por lo que deja afuera (leaver-outer) sino por lo que pone adentro (putter-inner), y que Shakespeare, Dostoievsky y Cervantes eran grandes por todo lo que dejaron dentro, así como Flaubert será recordado por todo lo que decidió dejar por fuera.” // Fernando Krapp

Para mí, el origen de la escritura se encuentra en la niñez, se nutre de las grietas y heridas de la infancia… He comprendido cuán magnífico homenaje puede ser una novela cuando su objetivo no se limita a recomponer cuentas pendientes, sino acercarse a una verdad. // Delphine De Vigan

Hay un interés completamente distinto una generación más tarde. Jacques Derrida escribió en una época o en un contexto donde el tema de la relación con las ciencias naturales ya no se planteaba. Dicho esto, creo que es muy interesante el hecho de que al final de su vida él se haya interesado por la animalidad: lo mismo ocurre cuando uno lee a Heidegger y no se limita a leer los ensayos que él publicó. Cuando alguien sigue sus seminarios, vemos que al comienzo de los años treinta estaba obsesionado por el tema de la vida y tenía en cuenta al plantearse esa pregunta los trabajos científicos, sobre todo, los trabajos de etología que están presentes con los autores indicados, pero si uno lee sus ensayos todo eso desaparece. Quiere decir, me parece a mí, que al mismo tiempo en Heidegger y de una manera mucho más abierta y valiente en el último Derrida, esa voluntad de dejarse inquietar por algo que hasta ese momento había sido tratado por él como algo totalmente externo, es admirable. Inclusive un pensamiento que sólo quiere moverse en la deconstrucción de otros pensamientos encuentra a veces lo real. // Jean-Marie Schaeffer

Continuador del diálogo con la poesía moderna en francés iniciado por José Asunción Silva y León de Greiff, Mutis incorporó el poema narrativo en prosa, el monólogo dramático, la reflexión acerca de las (im) posibilidades de la palabra y de la poesía, y las imágenes oníricas, aunque sin practicar la escritura automática. Sus cofrades son Francisco de Quevedo con su recuerdo de la muerte, que Mutis traduce en una proliferación de óxidos, carcomas, verdines y malezas que acosan al hombre y su creación; y también el Neruda de Residencia en la tierra, Eliot con sus correlatos objetivos, y autores franceses de los siglos XIX y XX: Aloysius Bertrand, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Lafforgue, Corbière, Saint-John Perse, Blaise Cendrars, Pierre Reverdy.

Hay un guiño cervantino en el ciclo de Maqroll: el autor aparece como un personaje que escribe acerca del gaviero, quien está a su vez al tanto de la existencia de tal biógrafo. Mutis protestaba cuando le era señalada una presunta influencia de Joseph Conrad. Sin embargo, escribió dos breves epifanías conradianas. Más allá de esas incursiones, resulta notable la subversión del tópico de los viajes por mar que hicieron Conrad y Mutis. // Juan Bautista Duizeide