Por Carlos Chavarría

Todos hemos oído hablar del “sistema”, no sólo la palabra que es bastante conocida, sino de una serie de procesos y reglas que forman los aparatos que operan en una organización. No importa si es de forma pública o privada, los sistemas existen y tienen vida propia, en tanto no se estandaricen nuevos procesos y reglas que sustituyan a los anteriores.

El tiempo para cambiar un sistema es directamente proporcional al tamaño de su burocracia. Entre más nodos o puestos de operación sean creados, quienes los operan también diseñaran sus propias reglas escritas y el doble de no-escritas, que justificaran su existencia hasta formar un monstruo burocrático que,cual hoyo negro, atraerá más y más recursos para subsistir.

En cualquier organización jerárquica burocrática entre más se asciende en el organigrama más se reduce la capacidad real para modificar “el sistema”.

¿Qué ocurre cuando llega un nuevo diputado, alcalde, gobernador o presidente al cargo de su elección? Se enfrentará con el sistema, toda esa maraña de actividades y personas, que por su misma naturaleza, resistirá todo intento de cambio, implique o no mejora.

Aún los presidentes tendrán que confrontar el sistema en la búsqueda de lograr algún propósito emblemático de su mandato. Por ejemplo, la corrupción.

Todos los presidentes han intentado a su manera mitigar y resolver la despreciable corrupción en el sistema. Algunos han hecho desregulaciones profundas en muchas áreas, otros endurecieron los castigos, mejoraron la apertura de la información… y pareciera que nada funciona.

A la actual administración le ha resultado más efectivo borrar de tajo áreas completas y sus procesos o crear otros por encima del sistema, como es el caso de los programas sociales, y aún así el sistema trabaja y vuelven a crearse mecanismos para enturbiarlo todo.

A partir de tantas buenas intenciones convertidas en nuevas leyes, reglamentos, y nuevos procesos burocráticos, el sistema ha visto aumentado su tamaño y reducida su efectividad en la misma proporción, y no se diga de la corrupción, más perfecta cada vez.

Al final de los, en realidad muy cortos, periodos de los mandatos, los que ganan en las elecciones y que luego ejercen el poder, nada pueden o quieren hacer para meterse en una reingeniería a fondo de la administración pública, que se sustente en los más robustos medios de información para desatar el nudo burocrático.

De poco sirve la democratización electoral si la base de procesos y prácticas al interior de la administración están infectados por una deformación implícita desde sus orígenes: no fueron diseñados para el mejor servicio de la sociedad, sino de toda una clase bien adaptada a la supervivencia simbiótica dentro del sistema.

“Leyes mal concebidas, no son buenas leyes sino trampas para el dinero”.

Thomas Hobbs.