Por Francisco Tijerina Elguezabal.

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“El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo”
Ludwig Börne

Nada peor que el miedo, la incertidumbre y el temor a lo desconocido.

Porque a pesar de todo lo vivido, de más de un año de encierro, de la aparición de las vacunas, las investigaciones alrededor del mundo y el sinfín de cuentos, mitos, leyendas, remedios y versiones, lo cierto es que la humanidad entera no acaba de entender cómo se comporta el Coronavirus.

Así, cuando apenas empezábamos a medio disfrutar la posibilidad de volver a retomar la mayor parte de nuestras actividades, aunque fuera tomando precauciones, de pronto en un abrir y cerrar de ojos nos topamos con que la tercera ola es mucho peor y en unos cuantos días ha disparado el nivel de contagiados y amenaza con saturar hospitales, como en los días más terribles de la primera etapa.

Las primeras informaciones indican que esta nueva variante afecta a los jóvenes, pero es necesario destacar que aún las personas que ya han sido vacunadas pueden contraer la enfermedad; lamentablemente han aumentado los casos de menores que han requerido ser hospitalizados.

Lo decíamos aquí mismo cuando se traían el guateque de exigir el regreso a las aulas: ojo con el virus que no se ha ido.

Pero no es momento de buscar culpables y mucho menos de que el miedo nos inmovilice. Hoy, debemos hacer frente a la amenaza con la información disponible y las armas que ya sabemos funcionan para protegernos.

Es momento de actuar con responsabilidad y esto implica dejar de culpar al gobierno o a los comerciantes, porque la primera línea de contención del virus está en nosotros mismos.

No salir si no es absolutamente necesario y en caso de hacerlo guardar la sana distancia, portar siempre el cubrebocas, lavarse las manos constantemente. No es mucho pedir, pero vaya que funciona.

Todos nos hemos dado cuenta que paralizar la economía no funciona, fue una dura lección que para nada es reprochable dadas las condiciones y circunstancias en que fue tomada; eso que antes criticaron permitió reducir los contagios y reducir la ocupación de camas de hospital de pacientes enfermos por el virus.

Hoy el panorama es diferente, la experiencia y el tiempo nos han brindado enormes enseñanzas que no debemos desdeñar, la más importante: no confiarnos.

No importa si se trata de familiares o amigos cercanos, como no importa si ya unos y otros tuvieron el mal y mucho menos si cuentan o no con vacunas, seguir las mismas reglas de distancia, higiene y protección es la mejor manera de cuidarnos.

Cada organismo responde de manera distinta, por lo que no vale la pena jugar el albur con la vieja cantaleta de “a mí no me va a dar y si me da, me dará poquito”.

Y, lo más importante, lo que no debemos hacer es tener miedo. Debemos transformar esa incertidumbre en acciones y confianza en nosotros mismos al saber que hacemos lo correcto y lo necesario.