Por José Jaime Ruiz

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@ruizjosejaime

“Buenas noches, ya me iba a dormir pero no me puedo sacar de la cabeza que el INE dice que Mariana tiene un precio y que debo pagarlo. Ni ella, ni ninguna mujer, ni ningún ser humano tiene precio y se los voy a demostrar.  Así nada más para empezar, ¿verdad que el amor no tiene precio?”, escribió la noche del viernes 23 de julio el gobernador electo de Nuevo León, Samuel Alejandro García Sepúlveda. “Ternurita”, le podría decir el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien apoyó la participación de Mariana Rodríguez en la campaña del candidato de Movimiento Ciudadano a la gubernatura de Nuevo León.

El 22 de julio Mariana publicó en sus redes: “Hoy denuncié violencia política de género en la CNDH y la CEDH. Las mujeres no somos un accesorio. No somos un producto ni una mercancía con un precio etiquetado. El apoyo que le mostré a mi esposo no es una ‘aportación en especie’. Las mujeres no debemos estar obligadas por el INE ni por nadie a elegir entre participar con nuestro esposo, o ejercer libremente nuestra profesión. Además de esto, lo que plantea el INE es inconstitucional y tiene su precedente, esto no es cosa nueva. Hace 3 años hubo una denuncia exactamente igual y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolvió que mis redes sociales son de carácter privado y retratan mi vida personal”.

Mariana abunda: “A todas las autoridades competentes exijo respeto a las mujeres, no debemos ser tratadas como un objeto con valor. Lo que hoy está sucediendo se llama violencia política de género”.

A ver a ver a ver. Es romántico, más bien cursi, que la narrativa de Samuel Alejandro se centre en eso que llaman “amor”: el amor no tiene precio. En realidad lo que tuvo precio indebido son las aportaciones ilícitas que su familia hizo a su campaña electoral. Distraer con el apoyo de Mariana es cosificar a Mariana, utilizarla como escudo político –ya que es una exitosa influencer– para salir de su crisis. No se trata del amor, se trata de que Mariana es una marca registrada y, por tanto, ejerce una función empresarial. Usar sus redes sociales para apoyar a Samuel Alejandro no fue un acto de amor, por favor, fue un acto político, fue un acto electoral.

El argumento de Mariana es endeble. Asegura que hace tres años el Tribunal Electoral resolvió  que sus redes sociales son de carácter privado y retratan su vida personal. El problema surge cuando sus redes sociales son públicas, por ser empresaria que cobra por su marca registrada y no retrataron su vida personal, sino la vida pública de Samuel Alejandro.  Otra cosa hubiera sido que apoyara a Samuel desde redes personales, no desde redes empresariales.

Recordemos:

En agosto de 2020 Milenio publicó: “En el video, la pareja come al tiempo que platican entre ellos y con sus seguidores. Sin embargo, en un momento, el senador de Nuevo León por Movimiento Ciudadano interrumpe a Rodríguez para pedirle: ‘súbete la cámara, estás enseñando mucha pierna’.  ‘¿Mucha pierna?, nada más era mi rodilla, ¿no?’, responde Rodríguez, para luego explicar que ella sólo alcanza a ver su rostro.  ‘Que bajes la pierna, no andes enseñando la pierna’, replica su esposo, quien más adelante agrega: ‘Me casé contigo pa’ mí, no pa’ que andes enseñando’.  ‘Perdón’, responde Rodríguez, tras acceder a la petición del político”.

Lo anterior retrata la vida personal que tienen Samuel y Mariana y si quisieron subirlo a las redes, muy su voluntad. Otra cosa es hacer campaña pública a favor de su esposo. Y, por cierto, aquel video fue un mensaje violento y cosificante de Samuel contra Mariana. Hoy Mariana alega violencia política de género por parte del Instituto Nacional Electoral. Pues bien, no es una violencia privada, como la de Samuel, que ellos hicieron pública. Es una supuesta violencia po-lí-ti-ca de género. Repito, política. Y si es política, es electoral, y si es electoral, desde el uso de una marca registrada, es contable. Esto es sólo una narrativa de distracción, lo de fondo son las aportaciones ilícitas que la familia de Samuel Alejandro hizo a su campaña.