Por José Jaime Ruiz

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¿Cómo pedirle a los vikingos que se moderen, aunque sean profesores? Druk, el filme danés que acaba de estrenarse en Netflix, a pesar del exceso del título original, tiene una buena interpretación al español como Una ronda más u Otra ronda porque se señala el ejercicio paradójico de la “soledad colectiva” y, sin embargo, se sabe que quienes juegan a la ronda con el lobo terminan lastimados.

Druk es una exploración menor de la embriaguez, aunque su ensamble hace de la película un filme memorable. A pesar de los grados de alcohol, el “profesorato” no termina en tragedia adolescente, como la prescindible La sociedad de los poetas muertos, y el suicidio de un profesor no lo provocó el alcohol, sólo lo aceleró, ya estaba en sus venas sobrias.

El “estudio” de la embriaguez se convierte en un tratado o un fresco de la sociedad danesa actual pero, sobre todo, del vacío que llamamos contemporaneidad occidental: no es una celebración, es una destrucción a tragos. Esa, tal vez, sea la metáfora de la ingesta de alcohol. Lo dice la esposa infiel del protagonista principal ya que no se trata de la embriaguez sino del abandono mutuo, de la distancia, de la vecindad distante, ajena. En un mundo que olvidó la sensualidad, el alcohol es un sucedáneo de la seducción.

La colectividad solitaria del “profesorato” es también coral por sus asignaturas. La crisis de la mediana edad no es una crisis para los estudiantes que desconocen si, desde la embriaguez, desean ser Hemingway o Churchill. El pánico escénico de un alumno puede convertirse en un examen en un festividad pánica.

La ronda de Druk, la última ronda, tangencial, el círculo de rondar se resuelve con la danza pánica, báquica. A la manera de Darren Aronofsky (Black Swan, The Wrestler), Thomas Vinterberg, el director, dispone el final de su película en un salto a cualquier abismo.  Y, como José Alfredo, en el último trago nos vamos.