Por Carlos Chavarría

Tengo  todo el 2020 y lo que va del 21 sin salir de casa mas allá del ir al lugar donde surto mis alimentos y otros básicos. Una que otra visita obligada al médico. De los amigos, solo conocer su estado con distancia de por medio a través de la red.

Los expertos en salud ya se aproximan al momento de declarar a la pandemia como algo que no se irá, será endémico y eso significa una enfermedad más con periodos punta y valle como la influenza y otras, pero esta, el COVID, hará casi imposible regresar a las formas de vida de antes de su aparición.

Nuestras vidas privadas están afectadas y la ciudad también, el espacio de nuestras vidas ya registra la degradación .

Si bien es cierto que nuestra ciudad es una  dama envejecida y con muchos achaques por la edad, nuestra relación con ella más o menos se había mantenido con gran fidelidad a nuestros orígenes, y a fuerza de querencia hasta parecía vivible. Hoy ya no más.

Fuera de esos edificios de apartamentos que van apareciendo ahora sin orden alguno en el horizonte plano del centro de Monterrey y en otras partes, el resto muestra un triste abandono de todo, pero más de personas, la gente es bien poca y su andar apurado.

Si nuestra ciudad ya era enfática en el gris, al menos el bullicio y movimiento alegraban un poco el espacio que ahora tiene una imagen bastante gótica.

Continuando en el circuito inagotable de las decepciones, empezarán las nuevas administraciones sin recursos y el tiradero está por todas partes. No se aprecia por ningún lado el ánimo en las personas para siquiera pintar las fachadas de sus casas.

Nada hicieron para detener la degradación de la ciudad los que se van y para los que entran la excusa será que se acabó la lana por la pandemia.

Para la cultura occidental el espacio urbano es una extensión de sus hogares y cuidan hasta el más mínimo detalle para que sea agradable. Nosotros ya perdimos la ciudad y solo cuidamos el espacio interior, lo privado, porque lo público, al parecer ya no existe.

Regresar a la normalidad no es solo abrir la escuelas, recuperar el empleo, o volver a reunirse con los amigos. De hecho no bastarán las vacunas y que sean cada vez menos los muertos, porque el luto ya es de todos. ¿Cómo habremos de superarlo?

Es urgente la multiplicación de grupos de enfoque en todos los estratos sociales y geográficos para determinar no solo el perfil de los problemas materiales por los que pasa nuestra gente y, sobre todo, su estado emocional.

A partir de  ese diagnóstico, utilizar todos los recursos materiales y humanos disponibles para que en un gran esfuerzo social y solidario para meter el hombro a quien lo necesite.

Modificar la estructura para incluir como responsabilidad de primer nivel al desarrollo humano integral, sea en el DIF o en Desarrollo Social, o en la SEP que incluya, por ejemplo, en los jóvenes el trabajo colaborativo en comunidad como una materia obligada.

Del mismo modo utilizar el talento de tantas personas valiosas jubiladas de todas las profesiones para servicios de coaching técnico–empresarial recompensándolos a la altura de sus contribuciones.

Generalizar los bancos de alimentos y la promoción de las economías de ciclo cerrado bajo el criterio de que el desperdicio no debe existir.

Utilizar el muy valioso recurso de la televisión pública como centros de praxis para una vida mejor.

Hay tanto por hacer sin que se requieran grandes sumas, lo que se ocupa es voluntad y seriedad, dejar el relumbrón material y concentrarnos en lo humano.