Por Félix Cortés Camarillo

No deja de ser un tanto vergonzante para el colectivo nacional ver al presidente de su país convertido en vendedor de billetes de lotería, la víspera de un sorteo. «El huerfanito», le llamaban los vendedores que iban de cantina en cantina al último cachito que les quedaba, para venderlo antes de la hora del corte, que era un par de horas antes del sorteo, programado para las ocho de la noche.

Así se vio el presidente López ayer invitando a los mexicanos a que compraran cachitos -pues no hay enteros- para el sorteo de hoy quince de septiembre, que la institución tan anciana como antes venerada Lotería Nacional para la Asistencia Pública, que es el nombre del ente organizador y realizador de la fiesta, ha llamado simplemente Gran Sorteo Especial, que promete «doscientos cincuenta millones de pesos en premios en especie y en efectivo» en una confusa combinación que la letra chiquita del reverso del cachito no logra aclarar.

Por ella me entero que aunque el premio de mayor cuantía es una casa en el Pedregal de San Ángel valuado en 77 millones 260 mil pesos y el segundo un rancho en Xochitepec, Morelos, el premio especial, al que se atribuye un valor de veinte millones consiste en el «derecho de uso» del que no especifica vigencia, de un palco en el estadio Azteca.

La jerga del pueblo ha llamado a la Lotería Nacional, desde que yo tengo memoria, el impuesto voluntario de los pendejos, en una referencia lejana a la canción de Chava Flores «¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano»? Todos sabemos que las posibilidades de ganar el premio mayor son ultra mínimas frente al número de billetes emitidos. Aún así seguimos comprando, en la esperanza de pegarle al gordo.

A pagar ese impuesto, en la forma del Melate, fui religiosamente la semana pasada. En la vitrina del expendio donde hago mi voluntaria aportación de cinco líneas de melate con revancha y revanchita, colgaban ristras de bucólicos cachitos para el gran sorteo especial esperando compradores que no llegaban. A 250 pesos por piocha.

Hay varias explicaciones para esa apatía que rebaja al presidente López al papel de billetero. Se sabe, porque se ha dicho, que los premios en especie que se prometen son producto de los decomisos a delincuentes mayores, presumiblemente narcotraficantes; de esa manera ganar uno de esos ranchos, casas y departamentos equivale a sacarse la rifa del tigre, como dice el pueblo. Yo no quisiera vivir en un inmueble cuyo original propietario podría querer recuperarlo por cualquier medio.

El otro motivo de desconfianza es la experiencia de hace exactamente un año, con la rifa-no-rifa del avión presidencial. Un año después del tongo, el avión de lujo sigue estacionado causando costos e intereses. Los compradores de los cachitos de entonces, dicen, fueron empresarios obligados a comprar y luego regalar a escuelas y hospitales, que fue la mayoría de instituciones que ganaron alrededor de 20 millones de pesos cada.

A la fecha, sobran beneficiarios que no han recibido un peso.

Yo no soy adivino, pero la experiencia ofrece repetirse.

De todos modos, yo pagué el impuesto voluntario del pendejo. La letra chiquita dice: «si juegas, gana México». Ya entienden por qué creí.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente: usted rechazó la propuesta del Canciller Ebrard al puesto de diplomacia cultural en Madrid, de una escritora independiente, diciendo que si ella no comparte su ideario ¿cómo le iba a representar a usted. ¿El priísta Ordaz Coppel que usted mandará de Sinaloa a España de embajador, sí lo puede representar?

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