Por José Francisco Villarreal

La hermandad entre naciones, estados y ciudades, no suele ir más allá de un bonito adorno diplomático. Un moñito vistoso en las relaciones nacionales e internacionales. Si acaso el beneficio más tangible puede darse en promoción turística y comercial en escala modesta. Los grandes flujos de capitales requieren algo más denso que una “hermandad”, tal vez una legión de lobistas, esos sí muy hermanados entre ellos, porque todos suelen ser unos hijos de su… interés.

La hermandad entre países no se puede remitir a una firma y un abrazo entre estadistas. Lo más que puede llegar a significar eso es una coincidencia de objetivos entre los regímenes que representan. La gente puede admirarse de ese tipo de espectáculos, pero el corazoncito popular late a su propio ritmo. El mexicano es amigable, un anfitrión exagerado (“mi casa es tu casa”), pero siempre estará a la expectativa contra la eventual aparición en escena del legendario “Masiosare”.

Me contaba una tía abuela que cuando se anunció en Monterrey que México entraba a la Segunda Guerra Mundial, muchos reineros estaban felices de tomar las armas y marchar hacia la frontera norte, y no precisamente para comprar géneros y jabones en Laredo sino para pelear contra los “gringos”. En el norte de México, hace medio siglo aún se tenía memoria fresca de la sistemática presión expansionista de Estados Unidos. No sólo hubo invasiones formales en nuestro territorio, ¡hasta “indios güeros” incursionaron al sur de la frontera! La Historia y la tradición oral coincidían en que nuestros vecinos del norte eran una amenaza. Aunque la globalización los ha hecho necesarios y la invasión migratoria ha “mexicanizado” bastante a muchos estados de la Unión Americana, no creo que el recelo íntimo haya desaparecido. Fueron siglos de hostigamiento, y esas cosas podrán desaparecer de la memoria pero se enquistan en los genes.

Cosa distinta pasó con Cuba. No sé si la afinidad surgió con las andanzas en México del héroe de la independencia cubana José Martí; sí, el que cultivaba rosas blancas para sus enemigos, el de “La niña de Guatemala”. Pero quien sellaría esa idea popular de amistad sería don Carlos Manuel Agustín Márquez Steerling y Loret de Mola, embajador cubano en México que intervino, bajo riesgo de muerte, para defender a Francisco I. Madero y a su familia durante la “Decena Trágica”. Y no, don Manuel no tiene nada que ver con Rafael y Carlos Loret de Mola, no más que el origen cubano de este par, y un muy, muy lejano parentesco que podría confirmar la genealogía.

México y Cuba han mantenido relaciones amigables durante décadas, incluso México ha defendido a Cuba en organismos internacionales. Las cosas cambiarían un poco cuando un presidente mexicano puso en evidencia el servilismo humillante de él, y consecuentemente de su partido, ante el presidente de los Estados Unidos, ese país contra el que muchos reineros querían luchar en los años 40, el atávico enemigo “natural” de México. Obviamente me refiero a Vicente “Vox” Quesada, quien todavía balbucea insensateces con un ligero ceceo muy ibérico.

A pesar de la situación política y social en Cuba, México ha sido amigable tanto con los cubanos de Cuba, como con los cubanos de Miami (la otra Cuba). Y vaya que es difícil mantener la sonrisa diplomática ante el régimen dictatorial y represivo actual, y ante un régimen dictatorial y corrupto que vive de la nostalgia. En lo personal, no me agrada mucho el régimen cubano; las pretensiones libertarias de la “otra Cuba” me agradan mucho menos. Pero no por eso voy a apelar a la ira divina por tener al presidente cubano Miguel Díaz-Canel como invitado en las fiestas de la independencia de México. Esperaba con ansias los amargos regüeldos panistas contra esa invitación. Me divierte mucho que el presidente López haya hecho esto, porque luego del vergonzoso besamanos panista a un líder fascista español, es notorio que, aunque tenga sentido la invitación al cubano dentro de la política internacional que intenta armar López, también es una provocación a la derecha ultraconservadora mexicana. Porque la extrema derecha, tanto como la extrema izquierda, ya no son ideologías sino pasiones, y sus reacciones son bastante previsibles porque son instintivas, irracionales. Cualquier Pávlov con una campanita los pondrá a babear o a ladrar.

Precisamente, así fue. Y sigue siendo muy divertido.