Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

«Estamos llamados a construir un mundo cada vez más inclusivo, que no excluya a nadie. Me uno a quienes, en las distintas partes del mundo, están celebrando esta jornada», dijo el Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

Aquí en Monterrey, destaca el periódico Milenio: “Los mil 500 haitianos que arribaron a Nuevo León son la ‘punta del iceberg’, pues se prevé la llegada de 6 mil migrantes en total al albergue Casa INDI, por lo que se requerirá intervención del estado y municipio, aseguró José Jaime Salinas”.

El contador de Casa INDI comentó: “El gobierno de Estados Unidos les dijo: ‘Vete a Monterrey’, no lo dijo así, lógicamente, a una ciudad dónde haya consulados, dónde haya familia y en forma ordenada.

“Aquí van a llegar a Monterrey mínimo unas 5 mil a 6 mil personas, algo inédito, porque cuando llegaron las caravanas sólo pasaron, a diferencia de los haitianos; tiene que meter mano nuestro nuevo gobernador y el presidente del municipio, si no, no va ser posible darles alojamiento.

«Si hablamos de 5 mil, dónde los colocas, se tendrá que habilitar el gimnasio o algo de la Expo de Nuevo León, no es como los migrantes centroamericanos que en su mayoría venían hombres solos, ahora un 60 por ciento son familias”, advirtió.

Para Nuevo León, el alojamiento a haitianos en Monterrey y San Nicolás es una singularidad. Primero, no hablan español sino francés, lo que los distingue de los inmigrantes centroamericanos (luego me ocuparé de la inmigración interior que sucede en nuestro estado con los grupos originarios del país). Segundo, su situación precaria los coloca como sujetos de xenofilia: los regios se han volcado con toneladas de ayuda. Tercero, la caridad puede terminar cuando la doble moral regia se imponga y, en vez de vernos solidarios, empiece la xenofobia. La sociedad regia es pendular: se pasa de la aceptación al rechazo, de la permisividad a lo prohibitivo.

La migración se contextualiza dentro de los derechos humanos y el primer derecho es a no migrar y, sin embargo, por inseguridad o economía, los haitianos migran y sufren un recorrido, un pacto mosaico sin Moisés. Y, se sabe, el Río Bravo, el Río Grande, nunca será un Mar Rojo que se abra para los oriundos de Haití.

Más allá de la caridad y del refugio, la ciudad se puede convertir no sólo en un asentamiento sino en inserción laboral del migrante. Ahí está el mito del Corrido de Monterrey y su orgullo de ser del norte, del mero San Luisito, la mano de obra en tiempos de Bernardo Reyes.

En su libro La políticas de migraciones internacionales (Editorial Paidós, p. 388), Lelio Mármora observa: “Las interrelaciones entre inmigrantes y país de destino plantean cuestiones de incorporación económico-social, de convivencia cultural y de participación política”.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a que los haitianos pasen de refugiados, de alojados en los albergues que existen, a convertirse en ciudadanos como tú y como yo? Es muy fácil proporcionarles regias toneladas de ayuda, pero ¿los incorporamos a nuestra sociedad, a nuestra economía respetando su cultura en una sana convivencia? ¿Les proporcionamos luego participación política?

“A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”, expresó el uruguayo Eduardo Galeano.

Tons qué, ¿tratamos de igual a igual a los haitianos o los humillamos?