Por Erika González Ehrlich

Durante décadas hemos escuchado las protestas sobre el hecho de que el presupuesto federal no destina suficientes fondos para la investigación, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y así es.

El promedio de inversión que realizan en ciencia y tecnología los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, es equivalente al 2.4% del Producto Interno Bruto de los países miembros de ese grupo. El que destina México a ese rubro es sólo de 0.38%.

También es cierto que ese presupuesto ha crecido sensiblemente durante los últimos 3 años; sólo en 2021 la cantidad de fondos que se destinaron para ese rubro creció en casi un 5% con respecto al que se asignó en 2020. Por su parte, el presupuesto destinado a CONACYT este año creció en 18% comparado con el del año pasado; no se puede decir que se esté abandonando a los científicos, cuando cada vez se les destina más dinero para que desempeñen su actividad y cuando el dinero destinado a pagar las casi 55 mil becas de estudios de posgrado, aumentó a 12 mil millones de pesos.

Sin embargo, parece que los que están siendo no solamente abandonados, sino investigados y denunciados por las autoridades, no son los científicos o los becarios de postgrado que estudian dentro y fuera del país, sino los parásitos amafiados disfrazados de investigadores, que se acostumbraron a desviar dinero del presupuesto de ciencia y tecnología echándole mano, para dilapidarlo en todo, menos en el desarrollo de investigación científica.

Hoy se encuentran denunciados y a punto de que se les dicte una orden de aprehensión. Son 31 delincuentes patrimoniales disfrazados de científicos, que urdieron un esquema fraudulento para ni siquiera tener la molestia de solicitar el dinero, sino que éste les cayera en automático a las cuentas de su pequeño cártel constituido en asociación civil, para disponer a su antojo del erario, utilizándolo en viajes ostentosos, restaurantes y hoteles de lujo, choferes dedicados a cuidar que sus valiosas y delicadas manos, no se esforzaran en darle vuelta al volante del automóvil y una gran cantidad de estupideces que los hacían sentirse superiores.

Sus escandalosas protestas públicas, acompañadas por los miembros sin cerebro de la oposición, intentan confundir a los ciudadanos, como si fuéramos idiotas y pudiéramos creer que el gobierno está buscando desmantelar la investigación científica.

Con un discurso muy parecido al de Rosario Robles, que llora amargamente acusando al gobierno de tenerla encarcelada por ser mujer y no por ser una ratera de altos vuelos, esto gusanos inflados como fritangas, quieren hacernos creer que los persiguen porque son científicos, cuando en realidad los están denunciando por rateros.

Es seguro que ninguna investigación de estos criminales de terciopelo, está cambiando el rumbo de la humanidad por su calidad en la creación de conocimiento, lo que si nos están dejando, es un diseño administrativo y financiero para robar con toda propiedad el dinero del erario, es decir, expertos en la ciencia de la transa.

Estos individuos no sólo han demostrando un bajísimo nivel como científicos, sino que ahora con el contenido de sus publicaciones en redes sociales, evidencian lo básico de su lenguaje poco depurado, para insultar al presidente y a su esposa. Asimismo muestran su ínfima capacidad cerebral cuando aplican palabras soeces y expresiones llenas de resentimiento, porque se les acabó la fiesta junto con su imagen de importancia petulante que creían ostentar. No cabe duda que un doctorado no quita lo tarado, lo ratero, ni lo descarado.

Como dijo la escritora británica Mary Ann Evans, mejor conocida con el seudónimo de George Eliot: “Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto, como nosotros sobre ellas”.