Por Félix Cortés Camarillo

Nací de una raza triste

de un país sin unidad;

mi ideal, mi patriotismo

mi optimismo es tan sólo voluntad…

Amado Nervo

Hoy es una fiesta nacional en España. Le llaman el Día de la Hispanidad, de la misma manera que en los Estados Unidos; el desfile que transcurre por la Quinta Avenida de Nueva York es esplendoroso. En toda América se recuerda la hazaña accidental de Cristóbal Colón en 1492.

En mi país, cuyo momento histórico actual está animado por complejos de inferioridad y ánimos de venganza azteca, se procura eliminar a golpe de pico y marro la historia, como si se borraran los sucesos transcurridos derribando estatuas o escondiéndolas en un almacén, o haciéndolas sustituir por armatostes de papel maché y proyecciones fílmicas adquiridas a grandes costos de empresas fantasmales propiedad de los favoritos de Palacio.

El recinto de la Cámara de Diputados no es precisamente un lugar para escuchar poesía. Mucho menos 186 versos dichos en homenaje a Benito Juárez, aunque hayan sido escritos por Amado Nervo con el título de Raza de Bronce y leídos el 19 de julio de 1902 en dicha Cámara. «Señor deja que cante la gloria de tu raza, la gloria de los hombres de bronce, cuya maza melló de tantos yelmos y escudos la osadía; oh, caballeros tigres, oh, caballeros leones, oh, caballeros águilas, os traigo mis canciones».

Eso es lo que hoy los americanos celebramos, el Día de la Raza, que el poeta llamo de bronce, en la intuición o la certeza de que el bronce no existe en presentación pura. Se trata de una aleación, siempre con el cobre como base y originalmente con estaño y luego con otros metales. Hubo una edad prehistórica de bronce. Yo celebro el día de mi raza de bronce.

Esa raza que el presidente López quiere suprimir de nuestra memoria colectiva es precisamente eso, crisol de aleaciones.

Aquí no estamos hablando solamente de españoles y aztecas. Ya de suyo esa mezcla implica otras razas: los peninsulares trajeron sangre árabe, judía, celtibérica, gálica y romana, entre otras. Los pobladores originarios eran aztecas, chichimecas, toltecas, mayas, tezcocanos, zempoalenses y sabrá Dios cuántos más. Los mexicanos de hoy hemos sabido añadir a esas aleaciones muchas otras sangres, de todos los colores menos el azul.

El empeño oficialista en negar nuestra esencia multicultural, inclusiva, amalgamante, ha de ser fenómeno temporal y pasajero a los que la historia de México nos tiene acostumbrados. Llegará, estoy seguro, el día en que la estatua del descubridor accidental de América regrese a su sitio en la confluencia del Paseo de la Reforma y Lafragua, acompañada de las de los frailes que le acompañaron en la evangelización nuestra.

Me cae.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente: ¿cómo puede explicar usted que un delincuente confeso de enormes desvíos millonarios, fraudes y corruptelas, preso en España y extraditado a México no haya pisado un solo día la cárcel de nuestro país? ¿Basta apellidarse Lozoya? ¿Quién le garantiza, si se encuentra según dicen en prisión domiciliaria, la libertad para aparecerse en un caro restaurante de la Ciudad de México como si nada? ¿Es cierto que esa impunidad es parte del pacto de no agresión que usted hizo con el presidente Enrique Peña Nieto?

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