Por Omar Cervantes Rodríguez

Cada vez es más frecuente escuchar a personas quejándose de no saber en qué medios de comunicación confiar, que dudan de la utilidad de las redes sociales y que señalan la confusión informativa en la que los ciudadanos comunes y corrientes viven en nuestro país.

“¡Ya no se sabe a quien creerle y nadie está diciendo la verdad!”, nos comentaron apenas en una comida social de esas en las que se habla de fútbol, religión, Covid y política.

Sí, hablamos del tema del Covid y por supuesto de la vacuna. Una mesa cordial podría convertirse de pronto en un panel de expertos discutiendo, algunos a favor del biológico y otros en contra, unos aplaudiendo la gestión gubernamental de la pandemia y otros afirmando que ésta ha sido desastrosa. En ambos casos, seguramente sin aportar fuentes de información fidedignas o autorizadas y más bien por lo que cada uno ha escuchado en sus ámbitos o ha leído en sus redes sociales.

Y justo en el terreno de las redes sociales, particularmente en Twitter, encontramos la más clara de las polarizaciones y el ambiente más confuso donde todos se sienten poseedores de la verdad. Dependiendo si los seguidos y los seguidores están a favor o en contra de los intereses del dueño de la cuenta, como si lo que ocurriera en su línea de tiempo fuera un reflejo de la realidad y que más bien es una proyección de la forma de pensar dados los temas que el algoritmo encuentra y pone a su disposición.

Por ello, dos personas que en la vida real conviven cotidianamente pueden tener perspectivas de una misma información tan diferente como sus respectivas redes sociales se la presenten.

Lo mismo pasa con los medios de comunicación tradicionales, que una misma información pueden matizarla desde diferentes ángulos e influir en sus audiencias en la forma como la publican.

Si en esas mismas mesas sociales alguien pone en el diálogo el tema de la inseguridad, podríamos encontrar quien diga que nuestro país avanza y otros más que dirán que estamos peor que nunca, otra vez, dependiendo de su óptica y de cuáles sean sus fuentes informativas.

Lo mismo sucede en temas como el combate a la corrupción, la migración, la transparencia y casi cualquiera que esté en el dominio público, en el que la polarización desinforma, lejos de formar opinión o informar objetivamente.

Baste hacer un ejercicio de preguntar en una reunión de amigos o familiar qué opinan sobre la reforma eléctrica y las posturas encontradas al respecto, a lo cual seguramente algunos dirán que no están enterados. Otros posiblemente osen defender alguna posición a favor o en contra, sin argumentos, sin conocer que se está intentando legislar, solamente por el placer de discutir, quizás de demostrar que se está informado y de defender a los líderes de opinión con los cuales se identifiquen.

Si además complementamos tratando de entender el beneficio al ciudadano ordinario de cualquiera de las posturas en oposición, seguramente la plática terminará sin llegar a conclusión alguna.

Eso nos sucede a menudo en nuestras conversaciones cotidianas, como si nos pusiéramos a discutir sobre futbol y enfrentamos las opiniones de aficionados del América y del Guadalajara, en la que ambos bandos y ninguno, terminan teniendo la razón y quizás solo sirva para encrespar el ambiente y dar por terminada la reunión o para cambiar de tema.

Las visiones de que México está transformándose y de que, al contrario, está peor que nunca, cada vez son más absolutistas, polarizadas, sin argumentos, sin análisis y lo que es peor, sin información clara y precisa de lo que se está conversando.

Lo mismo pasa en los grupos de mensajería telefónica, en los que independientemente si son de la universidad, de la preparatoria, de la familia o de amistades con afinidades, en cuanto se aborda el tema de cómo está México hoy, seguramente habrá quien abandone el chat o terminarán todos confrontados y sin llegar a conclusiones propositivas para nuestro país.

Lo realmente lamentable es que en la polarización en que vive México y cuya representación por excelencia la vemos en las redes sociales, cada quien es dueño de su verdad y no existe verdadera información balanceada u objetiva que nos permita crear criterios más sustentados.

De cómo los gobiernos en sus diferentes niveles están comunicando, mejor no hablamos, ya que aparentemente, más que tener un país bien informado y participativo, parece que todos lo están haciendo no para interactuar y escuchar a sus ciudadanos, sino que están pensando en ganar las próximas elecciones.

¿A quién y con quienes se comunican nuestros políticos y nuestros gobernantes? Más allá de sus agendas electorales, deberían surgir las voces que comiencen a hacer balances claros de cómo está nuestro país, sin apasionamientos, sin pretender imponer sus verdades y estando abiertos a ma crítica y a corregir el rumbo.

¿Será mucho pedir? Desinformación polarizada.