Por Félix Cortés Camarillo

Una de las múltiples enseñanzas que me dejó mi padre es la aplicación de este precepto de origen francés, según el cual quien se considere o sea noble de cuna está comprometido por su calidad, a conceder los méritos y posturas de los demás aunque no necesariamente los comparta.

Aspirante permanente a alcanzar la nobleza de mi viejo, me dio mucho gusto ayer no tener que hacer esfuerzo alguno para coincidir con las afirmaciones del presidente López, que por lo general difieren mucho de mis convicciones. Entre las muchas mentiras que López Obrador emite cada mañana, que en mi opinión le son inducidas por sus colaboradores cercanos, acaso ni siquiera de mala fe, se cuela de vez en cuando una afirmación legítima. Ayer fue el caso, aunque por lo general el presidente López suela confundir a los que difieren de su manera de pensar con los que integran la oposición a su gobierno.

Los disidentes somos unos comodinos, críticos de café armados de profundas convicciones y sesudos argumentos. La oposición es otra cosa mucho más valiosa y de sustancia. Requiere de ese elemento que a los pensantes se nos da poco: la acción.

Decía yo que ayer López Obrador hizo una afirmación ante la que no tengo argumentos sólidos o pruebas contundentes para decir que es mentira: dijo que los disidentes de su manera de pensar tenemos el pleno derecho a mantener nuestras ideas y a expresarlas públicamente. Desde luego que todos sus antecesores dijeron la misma cosa, pero no todos la sostuvieron con firmeza.

Del régimen actual debe decirse que hay dos realidades del comportamiento del gobierno frente a la disidencia. Una se da en el Zócalo y en Palacio Nacional; la otra impera fuera de la Ciudad de México, en la mal llamada provincia, donde un día sí y otro también se asesina vilmente a periodistas locales que simplemente se negaron a la loa del cacique local.

Sin embargo, lo que llamó más mi atención en la mañanera de ayer es el reconocimiento publico –lo hizo dos veces en su sermón– de que los disidentes no somos pocos. Son millones, aceptó.

Para un gobernante que legitima su presencia en el cargo esgrimiendo el gran número de ciudadanos que las encuestas dicen que los encuestados dicen que son felices con su desempeño, es un trago que debe ser amargo de pasar. Los disidentes, aunque estamos equivocados, sumamos millones. Se quedó corto el presidente López de expresar en números válidos el volumen de esa disidencia, pero algo es algo.

A eso se reduce la terquedad en realizar el llamado sufragio de la revocación del mandato; el presidente López lo identifica, y así lo hacen los promotores del fírmele aquí, con una ratificación de la numerosa voluntad popular que quieren que el presidente López se quede. De una vez y para largo.

Como siempre, las maniobras del presidente López llevan la jiribilla que se imprime, dicen, a la bola de nudillos en el beisbol: se realice o no, el plebiscito nos obliga a los disidentes a aceptar al numeroso caudal de simpatizantes que sigue teniendo, y que se apoya en el gasto generoso del erario en estipendios plagados de gorgojo, para que me entienda el presidente López, comprando así votos y apoyos.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): ¡Qué bueno que sea capaz el presidente López de reproducir uno que otro de los cartones que de él se burlan, aunque lo haga con la risita sardónica de Grinch. Se agradecería mucho más que su chica de los miércoles, encargada de denostar mentirosamente a los que critican al sistema, se fuera a tomar clases de lectura.

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