Por José Francisco Villarreal

Hace algunos añísimos, cuando intentaba ser un poco ecléctico, leía. Ahora soy don Alonso Quijano del boletín y los florilegios del fraseo oficial; apenas recuerdo aquellos felices tiempos. Mi seso, de por sí enjuto, ya tiende a cecina salada y correosa; pronto llegará sin duda a momia. Mis gigantes hecatonquiros sí son molinos y sí me muelen. Imposible evadir las aristas de declaraciones, posturas, definiciones y extremos. No hay conciliación posible. Todo es tan poliédrico, tan lejano del punto original que desplazándose crea líneas y formas y que, multiplicándose, erizan una estrella con infinitas puntas, tan contiguas que se confunden y funden en una esfera que, también es un punto.

Algo como esa geometría cosmogónica leí en un libro, de uno de esos autores que son clientes del anatema, y que además tenía una idea de Dios digna de una hoguera… Y bueno, una hoguera quema pero ilumina. Decía el señor ese que Dios es un sueño colectivo. Decía que los seres humanos éramos felices como manada, sin apegos, sin futuro, con emociones reactivas y útiles, con memoria corta y práctica. Decía que alguna vez aquellas bestias bípedas se pensaron a sí mismos y se descubrieron desoladoramente solos. Y como su contigüidad y consanguinidad no fueron suficientes, inventaron un sueño común pero que pudieran soñar a solas, y le llamaron Dios. Lo que siguió, decía el hereje, es Babel: la mitología de la dispersión.

No me emociona mucho suponer que el milagroso poder divino al final sea sólo humano. Me siento corresponsable de las calamidades de la humanidad, de no poder curar el Covid o mi alergia a las sardinas enlatadas, de no poder convertir el agua en vino (uno bueno), y últimamente de no poder convertir lo que sea en agua. Pero hasta esos milagros humanos nos los arrebatan, y no precisamente Dios. Agua y Drenaje de Monterrey, por ejemplo, que se adjudicó el báculo de Moisés y hace brotar agua por todas partes, limpia o negra, pero agua al fin.

Me entristece que en esta temporada el espíritu navideño no sea milagroso, y que para colmo, no sé desde hace cuánto tiempo, no dejamos que un milagro dependa de nosotros, y mucho menos de Dios. Mejor de los aparadores, de la cuenta en el banco, del catálogo on line, de la potencia noqueadora del chínguere que bebamos, de los “likes” y los “me encorazona”… Es una felicidad tan rara la que invade todo; sospechosa, diría yo.

Durante navidad se dice que uno será feliz repartiendo felicidad. Dicen…. Aunque me gustaría estar seguro de que la felicidad dura más de un instante. Porque uno puede estar contento, alegre, pero no necesariamente ser feliz. De hecho, uno puede recordar cuando fue feliz, pero sólo es un recuerdo. Cuando sucede normalmente ni nos enteramos, si acaso nos sentimos un poco raros y con un pequeño ataque de hipertensión. Además la memoria siempre es engañosa, puede poner adornos donde jamás los hubo. La felicidad pregonada, como el dios del hereje antedicho, me parece una invención humana, la desolación vestida de fiesta. La felicidad real es un orgasmo espiritual efímero que, como los otros, los hayamos tenido o no, siempre los presumimos. Pero, como pasa con el orgasmo, la felicidad rara vez se comparte. Ni siquiera durará más que el enunciarla. Y ¿quién va a estar pensando en anunciar que es feliz cuando es feliz? Para cuando se dice ya dejó de serlo y sólo se recuerda… o se mete en los versos de una canción popular o en la poesía donde la felicidad como el amor son elementos estructurales con significados desleídos, pierden sentido universal para identificar géneros, ligar ritmos y cuadrar métricas. No más.

Pero hoy quiero suponer que la gente es bastante feliz (“bastante no es sinónimo de mucho”, dijo alguien que, perdón por la cita imprecisa, no recuerdo su nombre pero se apellidaba Ortega) porque conmemora el onomástico de un niño judío. Claro que han nacido muchos niños judíos después de aquel, y palestinos, y serbios, y gringos, y rusos, y hondureños, y así… Hasta donde se sabe, a ninguno después de aquel lo engendró el Espíritu Santo en circunstancias bastante dramatizables. Eso sí, muchos de los niños post-mesías, han sufrido su mismo o peor calvario, pero durante más tiempo y sin más resurrección que una promesa. Pero Dios, ese anciano eterno y aburrido, cayó en la tentación de engendrar a un ser humano/divino, no crearlo, como se supone que los dioses hacen hasta por deporte. Y durante dos mil años hemos estado celebrando a ese dios humanizado que, si en verdad quisiera darnos la felicidad perpetua, no tendría que idear un drama sino sólo tronar los dedos. No descreo de Dios, pero sí creo que no es lo que pensamos de Él. Tampoco creo que necesite de nuestro culto. No será más o menos dios si no seguimos sus “leyes” que, ¡son tan humanas!

Al final, lo maravilloso de la Navidad no es el nacimiento de un dios/hombre, sino el nacimiento en sí. Las emociones convulsas frente a un ser que nace nos recuerdan que somos, en el fondo, una manada de bestias. Con Dios o sin él, me fascino, me alegro y me horrorizo ante un parto. Y en el momento del parto no hay más dios que la mujer que pare. Y la virginidad de María es intrascendente cuando sólo una vez el himen es un premio desde afuera, pero siempre es un reto vital desde adentro.

Tal vez, el único momento feliz de nuestra vida fue cuando aspiramos la primera bocanada de aire, por primera vez… Nuestro primer milagro. Una felicidad que se perdió después de nuestra primera expiración y que, tal vez, recuperaremos después de la última.

¿Feliz Navidad? ¿En serio?

Todos los días nace alguien que crucificaremos todos los días, y no sólo en semana santa.