Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

La política ficción del gobernador Samuel Alejandro García Sepúlveda y su cónyuge, Mariana Rodríguez Cantú, llegó al extremo al “adoptar” el pasado fin de semana al niño Emilio del DIF Capullos, un infante que padece “esquizencefalia de labio abierto, la cual es una malformación en la que está involucrada la actividad cerebral y la cual es considerada una enfermedad poco común”.

Ante la ola de críticas, Samuel Alejandro ejerció un control de daños al asegurar el domingo que el tema de las adopciones será una prioridad de su gobierno y que cabildeará ante el Congreso local y el Congreso federal para que se legisle acortando el tiempo burocrático para adoptar. El control quiso ser correcto, pero falló la narrativa; como sucede siempre con su equipo de comunicación importado de Jalisco: fallaron la narrativa y el timing. La iniciativa en pro de la adopción expedita debió de darse antes de llevar a Emilio a la casa de Samuel y Mariana.

La política ficción de García Sepúlveda y de Rodríguez Cantú se realiza a partir de una suerte de reality show: ya sea que Mariana use el cáncer de un niño para, pretendidamente solidaria, cambiar su look; ya sea que se convierta en Cenicienta en el Palacio de Gobierno; ya sea que, no sabemos si inducidamente, la golpee un niño en el DIF Capullos; ya sea que “adopte” a Emilio para usarlo y abusarlo mediáticamente en las redes sociales de la mano de su esposo, el gobernador.

“Emilio es huérfano. Nada importa que vivan su padre y su madre; encargado yo de todas sus obligaciones, adquiero sus derechos todos. Debe honrar a sus padres, pero sólo a mí debe obedecer; esta es mi primera, o más bien, mi única condición”, escribió Jean-Jaques Rousseau en “Emilio o la educación”, algo que podrían suscribir los habitués de Capullos y del Palacio de Cantera.

La pareja –probablemente trasgrediendo puntos jurídicos–asumió y conculcó los derechos humanos de Emilio, exhibiéndolo en redes sociales, usándolo como objeto de popularidad, despojándolo de humanidad para cosificarlo digitalmente. Desde que Samuel Alejandro y Mariana asumieron la gubernatura de Nuevo León, el DIF Capullos se usa mediática y políticamente.

El daño proporcionado por la pareja de “padres sustitutos” ya está hecho, por más que se quiera diluir (una buena iniciativa, sin embargo) proponiendo cambiar los procesos burocráticos de adopción. ¿Cuándo conoceremos el daño psicológico que sufrirá Emilio por habitar, temporalmente, en dos ambientes? ¿Acaso se evaluará en el DIF Capullos ese daño? Si el niño no se puede adoptar, ¿Mariana y Samuel ya iniciaron los trámites para proporcionar su casa como un hogar de acogida?

Política ficción, reality show, gobierno de posverdades, administración de pocos hechos (vacunación transfronteriza) y hartas expectativas con evidencias que superan a este gobierno: inseguridad en los penales y en la vida pública; contaminación insufrible con alertas ambientales; esperanza, sólo esperanza, de que la variante ómicron amaine en 20 días; abrupto regreso a clases; desconocer la crisis hídrica jugando a que no existe esa crisis; la problemática que viene por el nuevo estadio Tigre con un “socio incómodo”, César Esparza Portillo, que ya quedó mal en los estadios de Verona y Mérida.

Y, para que no pongan el grito en el cielo los catequistas de la doble moral por el uso de la palabra “mascota”, sólo recordaré la acepción que Julio Casares publica en su “Diccionario ideológico de la lengua española”… “Mascota: Persona o cosa que sirve a otra de talismán, que le trae buena suerte” (Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1992, p. 543). ¿Les trajo buena suerte usar y vestir a Emilio de Tigre a Mariana y Samuel?