Por Melissa Cornejo

A través de un comunicado en el sitio oficial del gobierno del estado de Jalisco, el pasado 2 de enero se dieron a conocer cifras en relación con el transporte público en el Área Metropolitana de Guadalajara, en las que el gobierno del estado asegura que la calidad y la seguridad del transporte han mejorado gracias a una estrategia integral. Del mismo modo, el texto menciona que las víctimas mortales mantienen una estadística a la baja.

En absoluto contraste con las cifras del gobierno, el descontento de la población va en incremento y se puede ver reflejado en las constantes denuncias en redes sociales, las cuales suelen ir acompañadas de fotografías en las que se ve el bochornoso estado en el que se encuentran las unidades de transporte: asientos arrancados, pollos de goma en lugar de timbre para pedir la parada, pasillos llenos de basura y ni un sólo frasco de gel antibacterial a la vista, además de aumentos a la tarifa del transporte, máquinas que no dan cambio y terminan por robarse 50 centavos de cada usuario, rutas obsoletas y un largo etcétera.

Por un lado, hace tan sólo unas semanas se dio a conocer que el proyecto de Mi Macro Periférico –que, como su nombre sugiere, se trata de un medio de transporte masivo que recorrerá el periférico del Área Metropolitana de Guadalajara– excluirá al municipio de Tonalá de su ruta troncal.

Por otro lado, las cifras de víctimas mortales —y su supuesta tendencia a la baja— no reflejan una realidad dolorosa a la que los tapatíos nos enfrentamos todos los días, el gran secreto a voces: la práctica común de los choferes de “rematar” a las personas atropelladas, pues vale menos la vida de la víctima que la responsabilidad de indemnizarle en caso de que sobreviva.

Esto lo sé de primera mano, pues mi tía es una de esas 23 personas que fueron asesinadas por el transporte público el año pasado.

Por último, es grotesco el mensaje que envía el gobierno de Enrique Alfaro al congratularse porque este año “sólo” fueron destruidas 23 familias. Lo que no toma en cuenta, es que sus estadísticas no nos dicen nada cuando tenemos la realidad de frente, y la única tendencia a la baja es la de su credibilidad. Algunos familiares lejos de callarnos, estamos dispuestos a dedicar nuestra vida para denunciar la corrupción y la impunidad.