Por José Francisco Villarreal

Desde niño siempre evadí los pleitos a golpes; los verbales son más divertidos. No es que fuera cobarde, pero si es que puede haber alguna satisfacción al golpear a alguien, no hay ninguna al recibir un golpe. Eso sí, un par de veces fue inevitable… “¿Y esos rasguños? ¿Qué pasó? ¿Te peleaste?”, “Sí”, “Por qué te peleaste?”, “Me defendí”, “Ah, bueno”, “Pero el otro quedó peor”, “No. Los dos quedaron peor. Pero dile a tu mamá que te caíste, no la hagas pasar vergüenzas”. Así de simple, para mi agüelo: pelear es vergonzoso para ambos púgiles. Tal vez por eso no me gustan ni el box ni la lucha libre… Ni la lucha grecorromana, que a veces parece una muy estética recreación del rapto de las sabinas (en este caso, sabinos).

Si a nivel personal fui criado con ese criterio, se adivina lo que opino de cualquier tipo de enfrentamiento grupal o masivo, con mayor razón si representa un riesgo de muerte para quienes se enfrentan. Así que, ¡por supuesto!, con una convicción avalada por unas cuantas décadas de ejercerla, condeno la guerra entre Rusia y Ucrania.

Supongo que todos coincidirán conmigo en esa condena. Es una respuesta política y moralmente correcta. Los más belicistas responderían eso. Hasta Laredo Kid, Psycho Clown…, Putin incluso. Trump no, porque ni es político ni tiene moral. Es de esas reacciones que responden a la convención social, como Margarita Zavala respondiendo al ministro Zaldívar; como cualquier ladrón, sea de cuello blanco, nejo o descamisado detenido en flagrancia. Es una variable del famoso mantra “yo no fui, fue Teté”. Clamar desde gayola a los cuatro vientos contra la invasión de Ucrania es parecido.

Salvo algunos ucranianos y rusos, pocos saben exactamente cuál es la realidad detrás de este sangriento movimiento en el ajedrez internacional. Los mandatarios deben saber más de esto y los diplomáticos deben comprenderlo mejor, pero son los economistas los que deben tener muchas certezas de las causas, objetivos y consecuencias. Nosotros sólo podemos apelar al principio universal de la no violencia, aunque no lo ejerzamos con nuestros prójimos próximos, ni en nuestro propio país. Políticamente correctos somos candiles para el mundo, pero oscuridad dentro de nuestras fronteras. Nuestra guerra fratricida sigue, y no tiene trazas de terminar; no mata, todavía, y no deja cicatrices sino heridas abiertas.

Yo no sé mucho ni poco de política internacional. Sé que don Vladimiro apoya a separatistas de Ucrania, y que no quiere que Ucrania se junte con la chusma occidental de la Unión Europea, ni a tomar el té con samovar. ¿Defender la aspiración soberana de una parte de Ucrania? Tal vez, pero no veo por qué tenga que intervenir militarmente y no sólo apoyar en foros diplomáticos. No sienta un buen precedente, ni le sirve al pueblo ruso. Me parece que detrás hay más bien un neocolonialismo económico.

¿Quiere don Vladimiro impedir que la Unión Europea tenga frontera con Rusia? Eso sólo tiene sentido si estuviera preparando o esperando una ofensiva desde occidente y planeara usar a Ucrania como trinchera rusa. ¿Quiere controlar el flujo de energéticos? En esta nueva Madre Rusia eso ya implica a empresarios rusos, no al pueblo ruso. ¿Quiere acaparar la extracción de recursos minerales y explotación agrícola en Ucrania? Eso ya es puro y vil despojo.

Ucrania es un país viejo, pero relativamente nuevo ya desligado de la Unión Soviética. Su occidentalización le ha causado muchos problemas, incuso más muertes que las que hasta ahora se cuentan con la invasión rusa. El país, débil y con un ejército insignificante, fue despojado por Rusia de la península de Crimea hace pocos años. Dentro de Ucrania sigue habiendo rusos y pro-rusos, ciudadanos que quieren irse llevándose un pedazo del país. La tensión interna ha sido también por el eventual ingreso del país a la Unión Europea o a la Unión Económica Euroasiática (encabezada por Rusia y con grandes expectativas económicas).

¿Qué espera la Unión Europea o Estados Unidos de Ucrania? Pues no creo que intente defender su soberanía, sino el mantener su asimilación al sistema económico occidental. Básicamente lo mismo que querría Rusia para su UEE. Además, funcionaría igual como marca fronteriza frente al territorio ruso.

Yo no veo a los ciudadanos rusos o ucranianos tomando decisiones en este conflicto. Veo líderes políticos e intereses económicos. En ninguna parte se considera ni la voluntad ni el deseo natural de todo ser humano de vivir con seguridad, en paz y prosperar. Y sin embargo, son precisamente los que no necesitan una guerra quienes hacen la guerra; por obediencia, por consigna o por fanatismo, pero son los que mueren, y las ganancias van a dar a otro lado.

¿Qué sigue? Pues lo normal cuando es la economía la que controla a los países: convocar y forzar alianzas. Esto es, multiplicar el conflicto. México ya ha dado indicios de su postura. Empezó por la más timorata, la más convencional: condenar la guerra. Lo entiendo. El régimen no está en una posición fácil. El sistema económico (que no político) occidental es el mismo que ha presionado a la 4T; el oriental no es mejor, y lo está demostrando de nuevo. La prioridad de México es, aunque se oiga feo, mantener su pragmatismo. Esta guerra es económica. Ucrania está amenazada por corsarios, no por piratas ni por patriotas. México debe mantener el equilibrio entre esos dos grandes bloques económicos para no acabar siendo arrollado por uno de ellos; sobre todo ese que ya lo ha estado minando desde adentro… y hasta desde Delaware.

Sí, condenamos individualmente la invasión a Ucrania. Muchos ni saben dónde está, o que hace siglos Ucrania era la verdadera Rusia, pero igual condenan. Por convicción o por convención, rechazamos la muerte de culpables e inocentes por igual. Se nos pierde de vista que la guerra en realidad es un negocio, un proceso alquímico donde la sangre se transmuta en oro. Es lamentable lo que pasa en Ucrania, pero nuestras voces no cuentan. Es un guion ya previsto y desestimado por los que causaron esta crisis y se repartirán los dividendos y las plusvalías. Tampoco cuentan las declaraciones oficiales. Cuentan las acciones humanitarias de México y las que se ejecutarán para que ese conflicto ni nos incluya ni nos afecte. Romper relaciones con una de las partes ahora no ayudaría mucho.

Y junto con nuestras voces de indignación, por moda o por compasión, deberíamos celebrar que Trump no haya sido reelegido. A estas alturas ya tendríamos tropas gringas en la frontera. Con el separatismo social que sufrimos y seguimos fomentando, no tardaría en hacer en México lo mismo que su compadre Vladimiro hace en Ucrania. Aunque en ese caso, dentro de México, no todos lo condenarían.