Por Félix Cortés Camarillo

El anual informe presidencial de los Estados Unidos, que allá se llama mensaje sobre el estado de la Unión fue el martes por la noche el primero que rendía Joseph Biden. Lo hizo entre tres corrientes adversas: la pandemia Covid y la necesaria recuperación económica por un lado. Por los otros dos el resurgimiento de la derecha radical que indudablemente encabeza Donald Trump que va por la venganza y encima la invasión rusa de Ucrania, que a esas horas parecía ya inminente con el cerco de Kyiv en proceso.

El tema ucraniano era inevitable y con él tuvo que abrir su discurso, aunque la tibieza de las medidas parecieron haber sido negociadas ya con el señor del Kremlin. La repetición de que ni un solo soldado de los Estados Unidos va a ir a combatir a las calles de Ucrania debe haberle sonado muy bien a los ciudadanos del imperio de Moscú: no hay un solo ser humano que quiera que su hijo muera de uniforme peleando una guerra que no siente suya. Por lo general, pocas guerras tienen esa virtud; de hecho solamente las que se libran en contra de, como dice nuestro himno, un extraño enemigo profanando su suelo.

El resto del informe se deslizó suavemente con los compromisos de mejoras en el abastecimiento, distribución y accesibilidad de los medicamentos a todos los norteamericanos y la realidad incontrovertible de la creación de nuevos empleados. En este particular sonó muy bien entre los hispanos el anuncio de una reforma migratoria que finalmente abra el acceso a los que viven en el limbo de haber entrado como niños de manera ilegal al territorio y hasta el momento ni son de aquí ni son de allá, a la ciudadanía.

Más tardó en secarse la tinta de los periódicos con la noticia del aplaudido discurso de Biden que las rotativas echarse de nuevo a andar para dar cuenta de la nueva amenaza. Sergei Lavrov, quien además de ser amigo de juventud de Valdimir Putin es su socio en negocios en Occidente, ha lanzado la temida amenaza de la guerra nuclear.

La mano sobre el botón rojo ha sido hasta ahora -y la Humanidad desea que así continúe- un elemento de chantaje y presión más que una amenaza real inminente. Se habló de ella en la crisis de los cohetes soviéticos en Cuba, se habló ella en la invasión de 1968 en Checoslovaquia, se ha hablado tantas veces de ella, que todos preferimos que sea una jugada de bluff en el trágico juego de naipes que es la política mundial. Y sin embargo es real. De manera especial es real cuando en el Kremlin manda un señor indescifrable, por vocación y carrera espía. Además, según todos los informes y especulaciones, preso hoy de una paranoia ante el temor de contraer infección letal. Los humoristas se han burlado de la larguísima mesa que interpone Putin entre él y sus invitados al diálogo, pero ha trascendido que Putin tiene realmente miedo de los contagios por parte de propios y extraños, que raramente le ven. Me recuerda el síndrome que sufrió los últimos años de su vida Howard Hughes, quien murió en el hotel Princess de Acapulco envuelto en una cápsula que le aislaba de todo microbio posible. Un hombre en una condición así es capaz de dar una orden que nadie quiere obedecer.

El solitario del Kremlin está en un laberinto del cual alguien de su entorno tiene que sacarlo. A cualquier costo.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Sí, señor presidente, ni modo. Usted tiene la constitucional potestad de fijar la política exterior de México, y así no fincar sanciones económicas, ni cerrar los cielos y los puertos mexicanos a las naves de bandera rusa, por la vil y cobarde agresión de Rusia hacia Ucrania. Cosa que usted hizo. Tiene usted todo el derecho, aunque no tenga razón.

Claro que nos estamos quedando solos en el mundo. Bueno, ni tan solos: estamos del lado de Rusia, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Irán y a medias China. Distinguida y distinguida compañía, a fe mía.

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