Por Félix Cortés Camarillo

No me molesta la supuesta irritación de algunos periodistas mexicanos, por la repentina proliferación en nuestras páginas que la invasión rusa ha desatado de tanto ucraniólogo. Son los mismos que se quejan de las periódicas epidemias de virólogos, agoreros, inmunólogos o especialistas en economía, pobreza extrema, mercados financieros o los vaivenes del precio de la mezcla Brent.

            No los justifico. El ejercicio diario del oficio de informar, obliga a una cierta superficialidad en el tratado de todos los temas. No es posible saber todo de todo. De esta forma el diarismo en las colaboraciones equivale al piélago, de gran amplitud y poca profundidad; otros géneros de análisis obligan a un estudio más hondo aunque se restrinja la amplitud temática.

            De todas formas me sentí molesto por la simplona afirmación de que la invasión bárbara de Ucrania por las tropas rusas era la primera incursión militar grave registrada en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ese juicio, si no documenta ignorancia de quien la emite, es prueba de su corta memoria.

            Lo puedo decir porque desde la limitante de tiempo-espacio de mis 14 años y siete mil kilómetros, yo viví a la distancia y recuerdo el otoño de Hungría de 1956, marcado por una espontánea rebelión en contra de los servicios secretos del gobierno comunista de Andras Hegedïs el 23 de octubre de ese año. Una rebelión que derribó al gobierno y llevó al efímero liderazgo y la persecución de Imre Nagy por parte del estalinismo soviético.

            Lo puedo decir porque personalmente ví cara a cara los tanques soviéticos invadiendo Checoslovaquia en el agosto de 1968; porque presencié como los soldados soviéticos tomaban el edificio de Radio Praga y nos obligaron a llevar las transmisiones, que nunca cesaron, a sitios clandestinos con riesgo para tantos.

            No. La barbarie sí tiene historia. La civilización, la civilidad, los principios, no pueden permitirse el no tener memoria.

            Los tanques rusos están recorriendo los mismos senderos históricos que los llevaron al Budapest de 1956 y a la Praga trágica de mis amores de 1968. La meta que pretenden sus dueños sigue siendo la misma, el dominio por el lenguaje de la fuerza. Y, sin embargo, es lo mismo pero no es igual. Las tropas de los descendientes de Stalin, así se llamaren Malenkov, Jruschov o Brezhnev cada vez batallan más.

El otoño húngaro escuchó los primeros tanques al mando de los mariscales Konev y Zhukiv, héroes de la Gran Guerra, el 4 noviembre. El día 10 Budapest había sido doblegada por 32 mil soldados y 1200 tanques. 2,500 húngaros y 750 rusos murieron en esos seis días.

La invasión de Checoslovaquia, doce años más tarde, tuvo apenas un par de centenares de civiles muertos por la resistencia civilizada de checos y eslovacos: la dominación tardó años, sin consumarse del todo.La primavera de Praga había dejado raíces de transformación, que se dio más tarde.

La invasión de Ucrania ya ha superado el número de muertos del lado de los invadidos y del de los invasores. Y sigue contando. Vladimir Putin creyó que esto iba a ser presa fácil. Los ucranianos siguen defendiendo su tierra. Y los rusos van a tardar más.

Lo único que unifica a los tres casos es la indolencia de Occidente, limitada a una condena genérica, el refugio de los perseguidos, con la ejemplar conducta de Polonia, que sabe de invasiones, y algo de ayuda humanitaria.

Por lo demás, la historia se repite. No hay que alojarla en el cajón de la amnesia. 

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, usted debería inscribir en el registro de la propiedad intelectual su nombre, su imagen y de paso los de su cuarta transformación. No le vaya a pasar lo que a Vicente Fernández que luego anden varios dándose de moquetes por el privilegio de hacer una bioserie, película, libro, mural o epopeya sobre su persona….

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