Por Zaira Eliette Espinosa

“Es el espacio cultural con más tradición e historia del estado. Destaca su labor de formación artística ofreciendo oferta permanente de talleres para niños y adultos, así como de la difusión de artes plásticas y literatura. En esta sede se realizan seminarios, diplomados, encuentros”. 

Lo anterior es un fragmento de la actual descripción que hace el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (Conarte) sobre la Casa de la Cultura de Nuevo León en su portal web. 

Los antecedentes históricos de este lugar, primero como la Antigua Estación del Golfo, con una ruta Monterrey – Golfo de México, sede importantísima para el norte del país durante la Revolución, y luego como espacio dedicado a la cultura, son extensos de explicar. 

Precisamente la riqueza de su historia está conformada por la construcción de ese espacio como recinto crucial para la cultura cuando se fundó en 1973 y tuvo un periodo de restauración para ese fin. En 1997, una parte de la casa se adecuó para albergar la exposición permanente del Museo del Ferrocarril; los orígenes del proyecto ferroviario en la entidad se muestran en este museo.  

Desde sus inicios, durante esa década de los 70s y 80s, la casa fue semillero de múltiples manifestaciones artísticas que con el tiempo fueron parte de la trayectoria de los creadores de Nuevo León. Artistas plásticos, poetas, escritores/as, músicos, dramaturgos, artistas de la danza, de la fotografía, promotores culturales, y demás miembros de la comunidad cultural, se daban cita en ese lugar que cumplía con la definición de lo que se conoce como casa de la cultura. 

Conarte tiene su fundación hasta 1995 y en su estructura de espacios absorbe la administración de la Casa de la Cultura. Como organismo público descentralizado se propone promover, preservar y difundir las expresiones artísticas y las culturas populares, y todas las manifestaciones que de manera tangible e intangible contribuyan al patrimonio cultural de Nuevo León.  

¿Y ahora cuál es el estatus de la Casa de la Cultura actualmente?

Tras el cambio de gobierno estatal, con Samuel García como gobernador, designan como presidenta de Conarte a Verónica González Casas. También cambia la dirección de la Casa de la Cultura, ahora a cargo del escritor Pedro de Isla. 

El pasado miércoles 30 de marzo, como parte de los puntos del orden del día en la junta ordinaria del Consejo, se les compartió a los consejeros una presentación con el plan de trabajo de la Casa de la Cultura para el periodo 2023-2027. 

La presentación dejó algo en evidencia: De Isla llegó a la Casa de la Cultura y se topó con el escenario de tener grandes salas de exhibición para las artes plásticas. En lugar de abogar por presupuesto para abastecerla o desarrollar proyectos de exposición, prefirió no batallar. Al parecer, era más sencillo convertir todo en biblioteca y detonar lo que él llama darle “enfoque literario” al lugar. 

Alegando que otros espacios para artes plásticas reciben más visitantes que la Casa de la Cultura y persiguiendo los indicadores, las salas de exhibición, “esas cajas blancas” se vuelven obsoletas. Se mencionó sin fundamento (porque no se compartió junto con la presentación) un estudio realizado por el COLEF (Colegio de la Frontera Norte) que les aseguraba que la estrategia iría por buen camino. 

Pero hablemos en serio: van más asistentes a una inauguración de arte colectiva que lo que pudiesen recibir en meses en una biblioteca. Si de asistencia se trata: ¿Qué indicadores tiene los últimos años la Biblioteca Alfredo Gracia Vicente?  

Solo por mencionar un ejemplo, en el informe anual de Conarte (2015), el Museo del Ferrocarril, que tiene una exposición permanente con una colección de objetos relacionados con las redes ferroviarias del Noreste, recibió 6,127 asistentes. Sí, una exhibición permanente. 

Los números relacionados con otros años podrían variar, y tener sus altibajos, sí. Es propio de las condiciones sociales que prevalecen, no por culpa de las artes plásticas o los artistas. El estudio del COLEF estaba orientado a diagnosticar el barrio que le rodea. Es una zona de la ciudad compleja en la cual se tiene que lidiar con problemáticas de vialidad, de accesibilidad, de inmuebles que antes eran ocupados por familias y ahora están abandonados o son comercios. 

En tiempos en que más violencia había en las calles por la narcoguerra, y la gente no salía por temor, la Casa de la Cultura registró números altos de asistencia. La casa era, a percepción de la comunidad, un lugar seguro. El informe anual de 2013 menciona una asistencia de 47,832 personas que en comparación con el informe de 2020 registró tan solo en el primer trimestre 4,388 visitantes. 

Por supuesto que un espacio tiene grandes retos luego de atravesar una contingencia sanitaria que paralizó todo. Sin embargo, el efecto pandemia provocó más que nunca que los espacios públicos y privados se hicieran multifuncionales y en términos de cultura, multidisciplinarios. Sumar y no restar.

El argumento es que la literatura en Nuevo León no tenía una sede representativa como disciplina. Sin embargo, la Casa de la Cultura ya alberga en buena medida la mayoría de las actividades correspondientes a literatura. Ahí se concentra la Comisión de Literatura, de la cual se derivan los proyectos de la institución. Ahí se organiza el Encuentro Internacional de Escritores, el Premio Nuevo León de Literatura, el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín, las sesiones y coordinación del Centro de Escritores de Nuevo León, entre muchas otras actividades que desaparecieron y otras que se transformaron. Ahí se encuentra también la biblioteca Alfredo Gracia Vicente (que ahora al diseminarse en varias áreas de la casa se desconoce si se le seguirá llamando así) y el CRIPIL (Centro Regional de Información, Promoción e Información, Promoción e Investigación de la Literatura del Noreste) que se forjó incluso con fondos federales. 

Pero volvamos a la esencia: ¿Qué es y cuál es la función de una casa de cultura? ¿Qué vocación cultural unifica la misión y la visión de una casa de cultura en diferentes ciudades del mundo? ¿Para quién es una casa de la cultura? Para el transeúnte, para artistas, para estudiantes, para jóvenes y adultos, para adultos mayores, para las infancias, las personas migrantes, para turistas, para, en otras palabras, todas las personas que deseen acercarse a las artes en todas las disciplinas y se puedan crear interacciones que desarrollen y fortalezcan identidades, expresiones y manifestaciones culturales. 

Al quitar las salas de exhibición, no les quitan a los artistas un espacio solamente, se lo quitan a la comunidad, le quitan a la población la oportunidad de conocer la experiencia de vivir una exhibición de arte. 

En su ensayo “Un nuevo escenario para las artes plásticas en México” (publicado en el libro “¡Es la Reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024”) Francisco Moreno abarca los antecedentes relevantes de las artes en el país, pero además presenta un panorama de la realidad en las políticas culturales y menciona a las Casas de Cultura como “espacios donde los artistas, gestores culturales, administradores de la cultura y curadores encuentren nuevas posibilidades de trabajo y exhibición”.  Una sala de exhibición genera retos, pero también oportunidades.  

Como nuevo funcionario público, Pedro de Isla tiene la visión muy corta y conformista. Todo sentido común relacionado a la vocación original del espacio se constriñe ante el apetito de dirigir en dirección de su “expertise”: la literatura. Porque, además, no solo se le contrató para dirigir la Casa de la Cultura, sino que también es el nuevo responsable de Publicaciones de Conarte, es decir, la casa editorial del organismo que cuenta con otros presupuestos y otras responsabilidades. Digamos que, De Isla se pone a la par de direcciones como la Casa Universitaria del Libro o la Capilla Alfonsina, digamos que hay sueños que se hacen realidad.  

Lo que queda en evidencia es que un recinto de la importancia histórica y cultural como lo es la Casa de la Cultura de Nuevo León, al no tener manual de operación (regido y protegido por el mismo consejo) queda a la intemperie, en vulnerabilidad política para que sean los funcionarios (presidentes y directores) en turno los que decidan a comodidad y beneficio operativo su vocación como espacio cultural, sin tomar en cuenta las demandas y necesidades de la comunidad cultural en todas sus manifestaciones. 

Luego de compartir la presentación sobre el Plan de Trabajo 2023-2027, cuando una buena parte del quorum ya se había retirado de la sala, la presidenta Verónica González Casas, indicó que se procedía a una votación para aprobar el plan. Se le hizo ver que eso no era correcto, ni estaba indicado en el orden del día. Ante la falta de quorum, González Casas dijo que quienes se fueron habían dejado su voto en un papelito. Ante la inconformidad, se pospuso la votación para que la reunión que se llevará a cabo el 27 de abril. 

Al día siguiente, el secretario técnico Roberto Villarreal Sepúlveda envió un comunicado a los vocales por correo electrónico: “Por medio del presente envío cordiales saludos y les informo que he renunciado a la Secretaría Técnica de CONARTE, y que me separo de la Institución”. Conarte tiene graves problemas de política interna. 

Ahora el tema se transforma. Ahora habría que hablar de los consejeros vocales, de cómo se les ha ido acotando su participación en decisiones tan relevantes como esas modificaciones a la Casa de la Cultura que Pedro de Isla ya arrancó y ya está en funciones desde hace semanas. Incurrieron en querer que se vote y apruebe algo que no se consultó, no se mandaron documentos para reflexión de los consejeros, no se compartieron estadísticas que justifiquen sus estrategias para crear nuevos públicos. 

Funcionarias como la galerista Emma Molina, directora del Centro de las Artes, no metió ni las uñas por un espacio como la Casa de la Cultura. Una de las vocales de artes plásticas, Martha Ruth Escobedo, dijo abiertamente que le da más trayectoria otro espacio como la Pinacoteca que la Casa de la Cultura, obviando las extensiones de su comentario, que no se trata de currículo, ni del ego de su profesión, sino de no restar un espacio de expresión para los ciudadanos artistas y no artistas.  

Las comunidades artísticas tienen como tarea manifestarse abiertamente de manera pública y por todos los medios al alcance para expresar su inconformidad al respecto y rescatar un espacio multidisciplinario de expresión, formación, ejecución y difusión de su trabajo. 

Es una pena que el próximo año, la Casa de la Cultura cumpla sus primeros 50 años de aniversario y los funcionarios de Conarte no hayan dimensionado aún su vocación, su historia y sobre todo su valor con las comunidades culturales y la ciudadanía. 

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