Por Carlos Chavarría

“¡Amarillistas!”, es el calificativo que se ganan a pulso algunos medios de comunicación, cuando destacan en sus contenidos aquellos que despiertan emociones extremas en sus públicos con un muy claro propósito comercial; mal harían, aunque violenten la verdad y muestren al mismo tiempo su incapacidad para diferenciarse de otras formas de periodismo.

Nuestro presidente puso de moda al amarillismo oficialista, con eso de “no ser florero de nadie” para luego entrarle de lleno al juego del pugilismo informativo, usando toda clase de absurdos razonamientos, medias verdades, falacias y axiomas, con tal de eludir el juicio diario de la ciudadanía; pero eso no convierte al amarillismo en fortaleza de gobierno, y sí enardece y fastidia el humor ciudadano en general.

La relación con los medios se ensancha con toda apertura democrática, y aún en los momentos mas álgidos del autoritarismo mexicano, los políticos hicieron honor a su mote de actores (“…usted cree que si tuviera dos caras, usaría esta?”, GDO) del momento, sabiendo engrandecer su aprecio con respuestas ágiles e ingeniosas.

Hasta para las satirizaciones y dardos más hirientes sabían conducirse con humor y hasta ser ejemplo de su empatía (“…me quieren para que los gobierne o para semental?…”, ARC) o de antipatía en otros (…“no nos beneficia ni nos perjudica, antes todo lo contrario…”, LEA).

Hoy los políticos y funcionarios públicos de inmediato se meten de lleno al circo y es materia de todos los días el amarillismo informativo como estrategia de comunicación social, ¡mal está la cosa cuando te ahorcan en lunes!

Es practica común que ante los problemas, no solo se crean verdaderos muros, ya no cortinas de humo para desviar sus responsabilidades (…“a mí me hacían los chistes por feo, no por pendejo…”, GDO) ante el desbarajuste en los pobres resultados de su gestión, porque ya hasta las mentiras resultan insuficientes.

Creyendo que las personas aprecian en sus gobernantes un comportamiento ramplón, se lanzan improperios y calificativos en un lenguaje procaz y vulgarizan la crítica como si se tratara de insultos.

Al igual que nuestro presidente, quien todos los días practica los mismos ejes discursivos donde “desenmascara” a algún antipatriota que ha sido un causante más de los problemas que nos aquejan y que nadie resuelve, ahora en el gobierno de Nuevo León se deja ver el mismo amarillismo con casi todos los temas.

Para los medios de comunicación es materia corriente explotar las informaciones, agrandando titulares y enfatizando lo que es la “carnita” de las notas para el siempre hambriento público que prefiere eso a la verdad árida, pura y sin menoscabo.

El problema de privilegiar el amarillismo caníbal como método de gobierno, es que nos aleja de las causas y soluciones reales de los problemas y promueve la perdida de la colaboración social que es el puntal sobre el que descansa toda nuestra forma de vida.

Suponemos todos que en los órganos de gobierno siempre estarán los mejores ciudadanos, pues lo contrario sería una derrota anticipada de las aspiraciones ciudadanas por una vida mejor, por más distractores y atenuantes de responsabilidad que se utilicen (“… soy responsable del timón pero no de la tormenta…”, JLP).

Amarillismo, desde el gobierno, es lanzar francas acusaciones que no están acompañadas de persecución jurídica con tal de eludir responsabilidades presentes, o filtrar “notas” que hablan de cínicos funcionarios que cometen delitos desde su función y que nadie persigue, sean de cualquier partido.

Parecen no querer darse cuenta de que ya los problemas superaron la capacidad de todo el sistema de gobierno para atender lo que le toca y suponen que la gente es tan tonta que todo el tiempo aceptaran con absoluta docilidad el fraude que representa ocupar una posición pública para luego, no cumplir lo prometido, malgastando el tiempo y dinero en echar culpas a diestra y siniestra como si eso resolviera las cosas.

 «La Revolución Mexicana fue la revolución perfecta, pues al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo pendejo, al pendejo lo hizo político, y al político lo hizo rico»: Adolfo López Mateos (1958-1964), sobre el movimiento armado de 1910.