Por Félix Cortés Camarillo

Uno de los recursos más frecuentes que invoca el presidente López para sustento del estribillo de “nosotros no somos como los de antes”, es la reiterada mención de las obras que en los regímenes pasados se inauguraban con apenas terminada la fachada o cuando mucho la obra negra, abandonando así multicolores elefantes a medio construir disfrazados de escuelas, caminos, hospitales, dispensarios o centros deportivos.

No es mentira esta afirmación. Alcaldes, gobernadores y presidentes de la República se dieron gusto durante sexenios cortando listones –o mejor develando placas donde quedaba en bronce su nombre– de obras inconclusas que ahí siguen en ese estado.

El Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, verbigracia: yo sólo lo conozco de oídas, por la descripción que buenos reporteros han hecho de él o por los fotogramas o videograbaciones que de él se han difundido, o por las imágenes de su celebrada inauguración en transmisión directa por televisión, el pasado 21 de marzo, perfectamente de acuerdo con la fecha prometida por López Obrador. Nada más que el AIFA no está terminado; se sigue trabajando en importantes zonas y servicios inoperantes e inconclusos. Pero eso no es lo más importante. Hasta el día de hoy no está cabalmente resuelta la forma de llegar de la Ciudad de México a Santa Lucía, esto es el nuevo aeropuerto.

Además de este importante factor, el AIFA no ha podido cumplir con las tres condiciones que hicieran honor a su nombre: tener suficiente tráfico de vuelos hacia destinos dentro del país, mantener vuelos regulares y programados de y hacia destinos internacionales y, sobre todo, tener el tráfico suficiente de pasajeros para que la erogación que debe hacerse para su funcionamiento, sea rentable. Amén de las vías de comunicación para llegar a él. Está inaugurado y o tiene aviones, vuelos ni pasajeros.

El sábado pasado, nuevamente de acuerdo al calendario ofrecido y en el mejor guardado de los sigilos, el presidente López y su corte celestial hicieron un recorrido a las instalaciones de la refinería llamada Olmeca y mejor conocida como Dos Bocas en el municipio de Paraíso, Tabasco, para luego cortar el listón de inauguración. Este faraónico –por lo caro y ostentoso proyecto promete– bueno el presidente lo hace en su nombre, solucionar el abasto de toda la gasolina que el país requiere, acabando con la venta de petróleo crudo al extranjero y la importación de las gasolinas, especialmente la de alto octanaje. No hubo recorrido de los acompañantes del gobierno que no son parte de él, porque sencillamente no hay nada que recorrer. La refinería de Dos Bocas comenzará a refinar en período “de prueba” a finales de este año, dentro de seis meses. Si bien nos va hacia finales del 2026 podría estar terminada, con un sobreprecio del 150%, alrededor de veinte mil millones de dólares.

Aprovechando el viaje, el presidente López sobrevoló la tercera de sus obras insignia, el Tren Maya. Según su dicho, va al 50 % de avance. Conociendo como maneja sus cifras, estimo que anda al 25, si es que anda. Tampoco estará terminado en las fechas establecidas.

De que se va a inaugurar, se va a inaugurar. 

Me canso ganso. El pejelagarto, mitad pez, mitad reptil, no tiene dos, tiene tres bocas.

PILÓN PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, le regalo una corcholata más para su juego de sucesión: el doctor López-Gatell, subsecretario de Salud, inventor e instrumentador de todas sus mentiras –las de usted– sobre la pandemia, sería un excelente continuador de su línea. Por nada.

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