Por José Francisco Villarreal

Mi agüelo me tenía prohibido apostar dinero en juegos de azar. Podía apostar frijolitos, barajitas, pambas locas, o cualquier otra cosa. Dinero no, porque, decía, “si es difícil ganarlo, pos que de perdida también sea difícil gastarlo”. Don Antonio no confiaba mucho en el azar, ni en los milagros. Creo que hasta sus rogativas a Dios y los santos eran casi reclamos. Con el tiempo, uno entra en decadencia, y algunas, pocas veces, he desobedecido la enseñanza y he apostado. En cada caso fue dinero perdido con extrema facilidad. Bien justificada la tirria de mi agüelo hacia el azar.

Aún así creo que el azar, en todo y no sólo en los juegos, tiene sus leyes. Hay una matemática misteriosa, pero debe ser comprensible. “Una progresión desconocida”, dirían algunos ocultistas decimonónicos, que lo relacionaban además con el tiempo concebido como una línea espiral, recta sólo en el presente, circular sólo en el pasado. ¡Qué güeva toda esa monserga! Cuando hasta el infinito semeja un doble cero, es decir, dos veces nada. 

Es posible que el azar nos rehúya porque invariablemente tratamos de manipularlo. En algún lugar del universo, Dios debió instalar la oficina de un arcangélico simio cósmico y cómico para dirigir el azar. ¡Menudo trabajo contra millones de humanos que tratamos de forzarlo! Desde el cotidiano “buenos días” hasta nuestro gobernador erigido en sacerdote de Zeus Ombrio (llovedor). Porque lloverá esta semana así tenga que sembrar toda la plata de Taxco en alguna famélica nube.

Pero de eso se trata la función pública, de forzar el orden natural para que sucedan cosas aparentemente positivas, aunque al hacerlo se descomponga todo lo demás. Somos, me temo, un ejemplo vivo y patético de eso. Aunque el azar aparentemente no tiene reglas, es hábil para hacer uso de las leyes humanas y naturales para darnos un portazo en la cara.

Así que para que un humano tenga éxito al entrometerse en el azar, debe ser un manipulador a quien le importe sólo un objetivo, y se desentienda de cualquier consecuencia prevista o imprevista.

No sé, la verdad, qué ganaría el joven gobernador si lloviera esta semana. Para empezar, prometer lluvia es muy ambiguo. Tres chispitas en el parabrisas de su auto no son lluvia, ni cinco minutos de tormenta. A mí me divertía mucho un meteorólogo que pronosticaba, en pleno verano, chubascos en la sierra. ¡Bien por los osos y los jabalíes! En tanto nosotros seguíamos fritos en el comal metropolitano. Lluvia es lo que todos sabemos: inundaciones, caos vial, charcos sucios, y baches, muchos baches. En realidad, lo que ansiábamos en otras sequías no era la lluvia sino el descenso en la temperatura. Hoy no. Si llueve esta semana no se llenarán nuestras expectativas ni las presas, y seguramente aumentará el bochorno. Entonces, ¿qué caso tiene anunciar una lluvia que, si sucede, natural o artificialmente, no calmará ni la crisis hídrica ni el calor?

El joven Samuel no parece tener control de sus palabras. De hecho, la lluvia no es un objetivo viable, así utilizara la flota de bombarderos que la RAF desplegó durante la Segunda Guerra Mundial. Tampoco entiendo que, según se difundió en medios locales, haya ordenado incluir a por lo menos tres funcionarios y un exfuncionario, como recipiendarios de la “Presea Estado de Nuevo León”, concedida al mérito cívico. Está claro que la gente, e incluso tal vez hasta los jurados, no estarán felices con eso. Algunos de los recomendados no son populares, ni han sido eficientes en sus cargos; no tienen más méritos que obedecer a su jefe y, alguno, hacer lo que se le pegó la gana. El jurado está metido en un brete, porque según la ley (Artículo 29), debe exponerse amplia y claramente la razón por la que se entrega esa presea a cada uno. Esto significa que desglosarán los méritos señalados en el Artículo 2. Eso, más que explicar los méritos de los recomendados, sería un insufrible autoelogio para la administración del gobernador García; un mérito sísmico y no cívico. Algo que, por supuesto, nadie podría creer y sí podrían abuchear.

Yo siempre he creído que un reconocimiento otorgado por un jurado, describe más la integridad, la decencia del jurado, que la del “reconocido”. Yo nunca he recibido un reconocimiento así, porque no tengo ningún mérito, ni cívico. Pero creo que la satisfacción de quien lo recibe no está en la ceremonia ni en la medallita. La verdadera satisfacción es cuando la mayoría de la gente, y no sólo los jurados, consideran que merece ese reconocimiento. Después de todo, lo cívico no es un mérito que decida un gobierno sino una comunidad.

Insisto en que no entiendo qué pretende el gobernador García con tantos desatinos. La respuesta popular y la de sus críticos es perfectamente previsible. ¿Por qué entonces sigue terco picándonos la cresta? A menos que quiera destantear al azar para conseguir un objetivo más importante para él. ¿Será esa constitución que cocinan arteramente él y sus enemiguitos del Congreso local? Tal vez, ya que, según Instagram, hasta se va a la cama con ella… o sea, con su constitución.