Por José Francisco Villarreal

En San Nicolás, cerca de casa existe una calle que se llama Tlachicuerías. Casi todos a quienes he preguntado por el nombre suponen que tiene qué ver con los tlacuaches. A algunos les aclaro la confusión, a otros los dejo seguir soñando en marsupiales. Creo que el equívoco tiene qué ver con la grafía. No sé quién definió la nomenclatura de esa calle, pero lo hizo mal. En esa zona había y aún hay tlacuaches, pero hace muchos años también había tlachiques, donde los tlachiqueros solían procesar el aguamiel de maguey y fabricar pulque. Alguna vez leí que el pulque, así como en otras partes de México, era la bebida alcohólica común en el viejo, muy viejo Nuevo León. Es lógico si consideramos que también se colonizó estas tierras con indios que sabían hacer pulque, de la República de Tlaxcala, un estado aliado y súbdito directo de la corona española. Perdón por la referencia tan forzada, pero me encanta restregar el dato mestizo a la novedosa y mamila plebe de “whitexicans” norestenses.

A pesar de vivir a unas calles de Tlachicuerías, y donde alguna vez florecieron los tlachiqueros, sólo he probado el pulque una vez en mi vida, ¡enlatado! Por el contrario, desde niño he bebido cerveza y mezcal. La cerveza (Indio) la distribuía moderadamente mi agüelo a la hora de la comida. ¡Nada de refrescos! El tiempo y un santoclos risueño me haría luego adicto a las “aguas negras”. El mezcal lo bebíamos en pequeñas dosis con infusión de canela o café, para aguantar los “friyazos” de enero, capaces de atravesar el edredón. Pero el pulque reinero ya era historia hace más de medio siglo.

Dicen, a mí no me crean, que los cerveceros locales presionaron, incluso con argumentos “morales”, para que el gobierno local prohibiera el pulque. Supongo que tuvieron éxito, porque, ya sin pulque, nos hemos vuelto consumidores compulsivos de cerveza. Además, orgullosos por la marca local.

Hay que reconocer que la Cervecería fue una de las empresas detonadoras de la economía nuevoleonesa del siglo XIX. Pionera además de mejoras laborales insólitas en el porfirismo. Caló hondo en los capitanes del capital local la doctrina social de León XIII y la encíclica De Rerum Novarum. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Así que los cerveceros, de una forma u otra, acabaron aniquilando la producción de pulque y me dejaron con las ganas de tomarme uno bien curado y muy inmoral.

No sé si el pulque requiera tanta agua para su elaboración comparado con la cerveza. Si nos hubiésemos conformado con las cervezas egipcias o sumerias, hechas a base de pan fermentado, como el kvas ruso-ucraniano, no habría tanta necesidad de agua. Sin contar con el proceso, en un litro de cerveza hay entre 800 y 900 mililitros de agua. Pero desde el malteado hasta la fermentación se usan grandes cantidades de agua, que es precisamente lo que hoy nos hace falta en calidad de emergencia. Puedo, eso sí, conseguir cerveza. Y como por extrañas razones no me causa resaca, no amanezco sediento al día siguiente. Los cerveceros locales han sido piadosos al mantener nuestra adicción (sí, adicción física y cultural) sin que caigamos en crisis de abstinencia. En cambio, Agua y Drenaje de Monterrey no ha hecho lo propio, y seguimos en crisis por abstinencia de agua.

La advertencia del presidente López de no autorizar más cerveceras en el norte de México no acaba de confrontar al gobierno federal con los clásicos malquerientes. Después de todo no amenaza con cierres a las ya existentes… todavía. Todos hablan con mucho fervor de la sustentabilidad, pero piden a Dios que se haga la sustentabilidad en la milpa ajena. No nos hagamos bolas. La industria cervecera en Nuevo León dejó de ser sustentable. Los gobiernos estatales han sido ávidos para la inversión, pero chambones al evaluar su impacto. No se trata sólo de traer capital y generar empleos. Se trata de medio ambiente y de la gente que debe vivir y prosperar en ese hábitat. Este caso, el de Nuevo León, es ejemplar. Don Andrés se quedó corto en lo que debería ser una revisión general de la economía y los sistemas productivos en México. El tablero productivo y urbano del país necesita urgentemente enroques. No se puede poner una empresa donde se den más facilidades sino donde convenga más a la gente y a la economía nacional, no local. Ese detalle sí debería considerarse en la novedosísima nueva constitución del gobernador García (que no de los nuevoleoneses), la que todo indica que impondrá con la complicidad de los legisladores locales. Antes que el presidente determine qué empresas pueden o no instalarse en Nuevo León, el propio gobernador debería tener ya un listado público del tipo de empresas vetadas. Así sí le creería en que está construyendo un nuevo Nuevo León.

Por supuesto, dada la importancia MUNDIAL que ha adquirido el agua, es necesario que se controle rigurosamente la exportación del agua de México, en cualquier producto procesado o pura. Además, y lo digo con harto dolor, debe limitarse la producción local de cerveza, refrescos y agua purificada. Que los cerveceros no chillen si los limitan; los pulqueros no chillaron, se adaptaron. Y que los empresarios locales del ramo hidrofílico no se saquen la barra con el consumo del agro, esa es otra historia que también tiene mucha tela… hasta en Terán (léase con jiribilla y unos tragos de vitriolo).