Por José Francisco Villarreal

Don Manuel, un entrañable maestro que me dio clases en primaria, hacía a veces unas dinámicas en el salón, separado entonces en filas de niñas y niños. Hacía pequeños concursos, mal diseñados pero entretenidos. Se proponían trivias a las que se respondía a mano alzada. Se acumulaban puntos para cada “gremio”, al final se designaba al ganador, y siempre ganaban las niñas. Don Manuel y yo teníamos algo en común: el rubor. A él se le encendía la cara por la risa, a mí por el enojo. Un día me dijo que no me enojara porque ganaban las niñas, que no debía molestarme cuando alguien obtiene un logro. Le contesté que no me molestaba que ellas ganaban, sino que nosotros, los niños, perdíamos. La “mano alzada” nos favoreció una vez, cuando se sometió a votación el destino de un pequeño fondo de ahorro que acumulábamos. Las niñas votaron por comprar una maquinita sacapuntas; los niños por un receso largo con refrescos y lonches para todos. ¡Ganamos!, pero perdimos. Como patéticos hinchas de cualquier equipo de futbol, cacareamos el resultado durante todo el año escolar. No digo que las niñas hubieran sido más listas que los niños, pero más prácticas sí. El gozo por el lonche y el refresco nos duró un suspiro, y seguimos sacando punta a los lápices con quebradizas navajas de afeitar que, además, nos dejaban las huellas digitales tasajeadas a fuerza de arañazos. 

Debo agradecer a Marko Cortés y a Chuy Zambrano que, con su celebración por el freno a una iniciativa priista-morenista, me hicieron recordar aquel incidente de mi infancia. Todavía celebro los lonches y el refresco, aunque el sabor nos duró menos de 15 minutos y el hartazgo no más de 4 horas. Comparto un poquitín la euforia opositora, pero no por las mismas razones. Tengo aún mis dudas sobre la asimilación de la Guardia Nacional a las Fuerzas Armadas, y sobre la permanencia del Ejército en las calles con funciones de seguridad durante 6 años más. Dudas que se me desfiguran en casos como el del sábado pasado, cuando el dueño de una taquería sin servicio a domicilio fue ejecutado a domicilio, a una cuadra de mi casa. Eso pasó a unos metros de donde, hace unos días más, Fuerza Civil y Guardia Nacional capturaron a un líder criminal. Mis dudas se multiplican cuando me entero que acribillaron a un grupo de personas en un bar de Guanajuato. Y mis dudas se convierten en alarma cuando el orate del gobernador de Texas define como grupos terroristas, por decreto, a cárteles mexicanos. Coincido en que los cárteles usan el terror como arma, pero me inquieta mucho que Estados Unidos usa el terrorismo como pretexto para intervenir en cualquier país del orbe, el terrorismo “legal” contra el terrorismo salvaje. El gobernador texano de por sí ya era una amenaza, con esto es casi una condena.

El “timing” del decreto texano, con la celebración opositora y las grillas en el Senado, hacen que reconsidere la presencia militar, si no en todo México, al menos sí en la frontera texana. La Guardia Nacional de Estados Unidos no es como la nuestra. Son milicias estatales que los gobernadores usan para sus propósitos, sólo se federalizan en casos extremadamente graves. Tienen reglas, pero si hay un país en el mundo al que le valen gorro sus propias reglas, ese es Estados Unidos. Son expertos en demostrar algo y lo contrario con los mismos argumentos.

La declaración de Abbott no es un desplante, es una amenaza. No amenaza a los cárteles, amenaza a México. Nuevo León es especialmente susceptible a esa amenaza con un gobernador tan comedido con los políticos, empresarios y comerciantes texanos.

Más débiles todavía somos los reineros en general que somos capaces de tragarnos la dignidad con tal de poder ir de “shopping” al “otro lado” o mojarnos los pies en la Isla del Padre. Tan sencillo que sería cruzarnos de brazos, no cruzar los puentes, y que le vendan a Abbott sus “ofertas de temporada”.

Así las cosas, alguien debería aclarar el tema de la Guardia Nacional y el Ejército mexicanos. Aclarar no para los intereses del partido sino para los de los ciudadanos. En el Congreso de la Unión juegan a las vencidas, o a ver quién escupe más ponzoña, mientras que en la calle siempre estamos derrotados. La desplumada alianza opositora tiene todo el derecho a festejar, pero deben dejar claro que celebran un triunfo ajeno a la gente. Nosotros no estamos peleando por nuestros amos y privilegios sino por nuestra supervivencia. Morena, aun con sus foros informativos sobre las iniciativas que apoya, ha sido incapaz de informar a profundidad sobre este tema. La oposición no informa: posturea, vocifera y vitupera. Para afirmarse, siembra la desconfianza contra una institución fundamental del estado. Y todos sabemos quiénes promovieron, ordenaron o soslayaron los excesos de los militares.

La Guardia Nacional, así la vistan de paisano, no es una institución civil, como tampoco los son las policías municipales, federales y estatales. Sin membrete, pero están organizadas a la manera militar. Los mexicanos ya desconfiamos de las policías federales, estatales y municipales, usadas tradicionalmente como instrumentos represores. La polémica opositora nos hace pensar en el Ejército Mexicano prácticamente como un elemento corruptor que no debería salir de sus cuarteles, un riesgo para la seguridad nacional. Cuando, en realidad, los elementos corruptores más virulentos en México han surgido del ámbito civil y de los partidos, y siempre han amparado y se han beneficiado de los excesos del Ejército. El hilo más delgado en ambas tramas, la civil y la militar, es la corrupción, no la investidura. Porque, al menos que cambien nuestros deberes ciudadanos básicos, ni lo militar excluye a lo civil, ni lo civil quita lo marcial. “Un soldado en cada hijo te dio…”, dijo don Pancho González Bocanegra, y la Constitución también. No celebro a la oposición porque ellos celebran una derrota parcial al presidente y al PRI, no la revisión y perfeccionamiento de sus iniciativas, es decir, festejan un boicot. Además, el Ejército Mexicano es una institución demasiado cara como para lucirla sólo en los desfiles o cuando al masiosare de Abbott se le ocurra invadirnos.