Por José Francisco Villarreal

Hace años, un domingo, llamaron con insistencia a mi puerta. No sé cómo desperté, ni cómo pude mover los pies arrastrando una resaca canibalesca y más feroz que el famoso video de un fulano “regio” retando a golpes al presidente. A la puerta estaba un par de jóvenes sonrientes, con una elegancia modesta girando alrededor de corbatas serias pero mal anudadas. Prejuicio mío: detesto las corbatas. No veo sentido, ni siquiera estético, en anudarse un trapo en el pescuezo. Los jóvenes me atacaron de inmediato con el proverbial “buenosdías”, y enseguida me preguntaron: “¿Ah leído usted la Biblia?”. ¡La salvación tocaba a mi puerta! Dios, que siempre está conmigo aunque nos llevamos muy mal, soltó la carcajada desde algún lugar de mi tenebrosa conciencia; burlón que es. Como pude conecté un par de neuronas más o menos sanas y respondí: “Desde niño y varias veces. Una de ellas en latín”. Cerré la puerta, bebí un vaso de agua que sabía al Paraíso, y volví a la cama. Los jóvenes predicadores no insistieron. Dios tampoco me dijo algo; a veces sí es muy considerado conmigo.

Con este antecedente, se me erizó lo único hirsuto que me queda, que es la conciencia y las orejas (“Y algo más, también”… cantaba la pícara boricua Myrta Silva), al enterarme del piropo de un tal Bolsonaro a un predicador tamaulipeco. El hijo, creo, del deleznable expresidente brasileño, salió con su “deus ex machina” y sugirió que Eduardo Verástegui, el ex Kairo, sería el próximo presidente guapo de los mexicanos. Ya tuvimos un presidente convencionalmente guapo, y fue un sexenio muy feo. La belleza es muy relativa y más afín a la juventud. Cuando dejamos de generar colágeno, ni con hectolitros de caldo de patas de pollo recupera uno firmeza ni lozanía. Y don Eduardo ya no es un chamaco. Sumar a eso que su capacidad para ser presidente de México es tan dudosa como mi dominio del sánscrito védico. Nunca lo seguí en su campaña intensiva por divulgar el Rosario. Aunque mi agüela era una excelente rezandera, a mí siempre me daba risa la Letanía. Como Juan Pablo II aumentó el número de “misterios”, no creo sobrevivir cuerdo a tanto rezo repetitivo. Como mantra, el Rosario de don Eduardo no creo que funcione, porque un mantra pierde significado colectivo al recitarse. Su Rosario acabaría siendo como un rap mariano: ritmo y rima convocando alrededor de un personaje que no es María ni misticismo. Fe de ciegos para un rey tuerto que sólo ve con el ojo derecho. Los predicadores siempre ofrecen hermandad, y al final exigen obediencia… que porque dice Dios.

Celebro que don Eduardo reconozca sin pena su filiación de “derecha” y como “conservador”. Esto último es notorio, porque para su edad está bien conservado. Aunque, hasta en la piña en almíbar y los chiles en vinagre, lo conservado nunca será igual que lo original. El Juárez de don Andrés, por ejemplo, es un Juárez como una estatua: incólume, un dogma patrio, incapaz ya de enmendar errores y perfeccionarse… una cita bíblica a quemarropa, o como el discurso de la derecha católica fundamentalista. Como “derechista” confeso, don Eduardo no es bastante claro. La derecha es una gama de posturas sociales conscientes y coherentes, que se plasman políticamente y se definen por sus propios principios y una filosofía consistente, y no por oposición a otras ideologías. Es un peligro aceptar algo que se define por lo que no es, porque lo que sí es podría ser peor que lo que no es. Un ejemplo paradigmático, aunque inapropiado, es el cabo Hitler. No comparo, ejemplifico, porque la mística del cabo austriaco era un poco más complicada y, admitámoslo, más interesante como patología, que la mística del actor tamaulipeco.

Que se haya convocado en México a un concilio ecuménico de “esa” derecha era de esperarse. El discurso de odio de una fachosa derecha fascista, neonazismo nostálgico, tiene años difundiéndose con bastante éxito en todo el mundo. No tardan en tocar puertas con un prontuario de la salvación en la mano derecha, y un garrote en la otra, también derecha.

Tampoco es para sorprenderse que se hayan organizado “fiestas” que’zque neonazis en el país. Como un Vasconcelos percudido, sobran clasistas o regionalistas que suspiran por una comicósmica raza ario-morenaza. Prietos o güeros “de bronce” que siempre presumen un ancestro europeo, aunque sea un pastor alemán, un terrier escocés, o un oscuro amanuense italiano como en mi triste caso. Pero este carnaval genético no es derecha de nada. A la derecha mexicana ya la desgraciaron. Debía ser funcional y útil, pero es ideológicamente vacía, políticamente dogmática, socialmente elitista, y jerárquicamente agachona. Su con-fusión interpartidista desenmascaró a los titiriteros. Este es el verdadero “fascismo” cuyos objetivos son imponer una élite económica como gobierno indirecto de una gran masa productiva y el control incuestionable de los recursos naturales y antinaturales. Lo que no sirva a este “nuevo orden mundial” no sirve, es descartable, desechable, confinable, eliminable. El asesinato de activistas medioambientales es apenas una hebra de la trama. Frente a esta conjura, las teorías de conspiraciones de masones, illuminati, reptilianos, alienígenas libidinosos, payasos satánicos, o niñas sicópatas vendedoras de galletas casa por casa, son tan peligrosas como el caldo de pollo.

¿Un presidente guapo, de derecha y fundamentalista cristiano? ¡Santa Hipatia de Alejandría nos ampare! En otros tiempos el cabo austriaco también empezó haciendo el ridículo y predicando su lucha; y acabó desangrando al mundo y avergonzando a la humanidad. Pero además, lo menos indicado para ejercer un gobierno es precisamente alguien que se crea vocero de Dios. Quien de veras lo fuera traería novedades, y no las reglas con las que durante siglos hemos tergiversado la voluntad divina. Al Ser Supremo no deben interesarle los gobiernos sino los individuos, cada uno en particular. Ofrece opciones, no las impone. No envía profetas sino corderos. Nunca aprobaría un discurso como el de esta derecha… ¡ni Satanás sería tan obvio! Socialistas, judíos, abortistas, comunistas, homosexuales, gitanos, ateos, partidos, asociaciones, negros, musulmanes, mestizos, indios, extranjeros, ricos, pobres…, da igual contra quiénes, fondo y forma son el odio. ¿Suena conocido ese discurso? Que nos hayan endilgado en México un cónclave sin más ideología que el desprecio no puede ser casual. Un republicanismo gringo mal digerido y como clonado por hackers de Tepito. Y seguramente esto apenas empieza. ¡Que Dios nos agarre confesados!

PD: Al menos en México, no es Twitter quien debe censurar al republicanísimo amigo de Verástegui, Donald Trump, y a otros odiadores profesionales, debe censurarlos la conciencia o la dignidad… si las hay. Como aquellos jóvenes predicadores, estos nos traen su Buena Nueva, la diferencia es que estas corbatas sí son caras, y también las consecuencias si les creemos.