Por Félix Cortés Camarillo

¿Qué horas son?

Las que usted diga, señor presidente.

De la tradición oral de la política mexicana.

La mayoría de nosotros nos tragamos el cuento ese que nos dijeron en la secundaria y la prepa, de que la democracia era el mejor sistema de gobierno del mundo y que había nacido en la Grecia socrática en una vaga interpretación –luego supimos– de las raíces demos, pueblo y cratos, poder. Luego aderezamos eso con el chista de Churchill de que la democracia era el peor sistema de gobierno exceptuando los demás.

Todo era puro cuento. En el ágora de los griegos, donde las cosas se discutían y las decisiones se tomaban, los que tenían voz y voto eran los patricios, que como su nombre lo indica, eran los dueños de la pachocha; esto es el patrimonio. Los artesanos y campesinos, capas esenciales de aquella economía, quedaban fuera. Ya no se diga de los esclavos.

Hubo de transcurrir bastantes siglos para que el crecimiento demográfico creara los villanos, herederos de los campesinos y pobladores de las villas, que diremos rancherías, y los burgueses, que con su congregación dieron origen a los burgos, hoy ciudades, que habitaban. Como unos y otros seguían pagando las acabalas que los señores feudales les habían impuesto –remember Robin Hood- y las monarquías seguían reclamando, empezaron a joder conque ellos también tenían derecho a decidir como se manejaba la cosa pública. 

De ahí surgió la Revolución Francesa y todo ese cuento que ahora tratamos de darle contenido: la democracia participativa, la representación de las clases sociales y todo ese margallate.

Todo se reduce a que antaño mandaban los menos, la plutocracia y la aristocracia. Los ricos y los mejores. Con el invento de la democracia revisitada empezamos a tragarnos el cuento de que mandaban los más. En la balanza del poder había que poner calidad en un plato y cantidad en el otro. Pesan más los que son más. Esa sencilla ecuación la hemos retorcido para no reconocer que nos estamos haciendo pendejos solos. En lugar de procurar que nos gobiernen los más capaces, experimentados, probos y generosos, decimos que nos deben gobernar los que sean más. Vaya estupidez.

El desfile de simpatía que el presidente Lopitos promueve hasta en el metro capitalino para que la mayor torrente de seres humanos acuda el domingo que viene a la Ciudad de México es una muestra de ese cuento. Dice el presidente que se trata de una marcha para celebrar los logros de sus cuatro años en el gobierno: explícitamente, para expresar el regocijo de un setenta por ciento de los mexicanos porque el país “va muy bien” y porque todos, incluyendo el treinta por ciento restante, somos inmensamente felices.

Para eso hay que ir el domingo al Ángel de la Independencia de la capital y -en orden alfabético, por el estado de procedencia- desfilar con el Mesías a la cabeza, hasta el Zócalo. Si a los marchantes les dejan entrar los otros acarreados, los de la CNTE oaxaqueña rejega que aprendió de Andrés Manuel el método de la extorsión por medio de la invasión.

Por eso, en la balanza de calidad frente a cantidad, el presidente Lopitos le apuesta al número, y cuando viendo el partido de Catar 22 que se juegue en la tarde del domingo, pregunte cuántas personas acudieron a su llamado, lo único que él tiene qué hacer es dar una cifra. Habrá quien se encargue de hacerla crecer 

Yo no tengo nada en contra de eso. Después de todo, es claro que no es el pueblo el que gobierna. Nos siguen gobernando los menos. Los de mayor patrimonio, los mejor organizados, los más hábiles, los más corruptos y los más inmorales. 

Nada más que no me vengan con la puñetera idea de que eso es democracia. Ya me engañaron en la preparatoria; no me volverán a engañar.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Denuncia la señora gobernadora de Nuevo León, Mariana Rodríguez de Samuelito, que ha descubierto que en el centro Capullos -lugar a donde van a parar los niños desamparados del estado y dónde ella y el gobernador tomaban prestado a un niño para su regocijo de fin de semana- “antes”, palabra muy de moda, vendían niños. Dicen los principios de derecho que si alguien tiene conocimiento de la comisión de un delito y no lo denuncia, se convierte en cómplice. Me imagino que es peor si el denunciante forma parte del gobierno. 

‎felixcortescama@gmail.com